Grace Paley

A un escritor le es útil tener dos oídos, uno para la literatura y otro para el hogar: Grace Paley

Ciudad de México, 5 de julio (MaremotoM).- Cuenta Grace Paley en el prólogo de sus Cuentos completos que, tras años de entrega a la poesía, empezó a escribir cuentos por un golpe del destino: se puso enferma, “lo bastante para que los niños se quedaran durante varias semanas en el centro cívico de Greenwich House después del colegio realizando actividades extraescolares hasta la hora de la cena, pero no tanto como para no poder sentarme a la mesa del salón y pasarme allí todo el día escribiendo a mano o a máquina”.

Esto le ayudó, según dice, a encontrar lo que ella llamó “el otro oído”, un oído “que recordara la lengua de la calle y de la casa, con sus acentos yiddish y ruso, una lengua que mis primeros personajes conocían bien, la única lengua que yo hablaba. A un escritor le es útil tener dos oídos, uno para la literatura y otro para el hogar”.

Grace Paley
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Así describió la escritora su acercamiento al relato, el género que la haría célebre; una anécdota que da cuenta de varios aspectos fundamentales de la genial autora estadounidense: su vinculación con la realidad y con el entorno, con la calle, con la cotidianidad (ella llamaba a sus relatos “historias sobre gente normal” y Joyce Carol Oates la definió como “lyricist of the domestic life”); la influencia de su herencia judía y centroeuropea y también su maternidad, su vínculo con el legado familiar y la casa.

Hay otro rasgo determinante que define a la autora, que marcaría su vida y su obra y que supo conjugar a la perfección con esta imagen familiar y maternal: su compromiso y activismo político. Feminista, “pacifista provocativa y anarquista cooperativa”, como ella misma se definía, Paley colaboró en la organización de uno de los primeros mítines a favor del aborto en Estados Unidos en los cincuenta, participó en las protestas contra la guerra de Vietnam en los sesenta –por las que fue detenida y encarcelada–, se manifestó contra las centrales nucleares en los setenta, se opuso a la intervención militar de Estados Unidos en Centroamérica en los ochenta, se manifestó contra la guerra de Iraq en los noventa…

También se involucró en su ciudad: consiguió, junto con la activista Jane Jacobs y otras madres que conoció en Washington Square, detener los planes del director de obras públicas, Robert Moses, de atravesar con una autopista esa plaza en la que jugaban sus hijos.

La publicación de estos Cuentos completos en una nueva edición Compendium, que reúne los libros de relatos Batallas de amor (1959), Enormes cambios en el último minuto (1974) y Más tarde, el mismo día (1985), nos permite reivindicar a esta comprometida y genial autora.

Una maestra en el uso del lenguaje y del humor, en la reivindicación de la mujer, que supo encontrar lo extraordinario en lo común y que mereció la admiración de Philip Roth (“Un conocimiento de la soledad, la lujuria, el egoísmo y la fatiga que resulta espléndidamente cómico”), Susan Sontag (“Grace Paley me hace reír, me hace llorar y, sobre todo, hace que la admire”), A. S. Byatt (“Creo que nunca me he reído tanto por la alegría de lo intrascendente como cuando escucho a Grace escribir. Me recuerda a mi madre en su mejor momento, quien contaba historias terribles de manera inexpresiva, resolviendo lo terrible y lo banal en una sola serie de historias”), A. M. Homes (“Inimitable: combina lo político y lo personal en ficciones impresionantes por su claridad, precisión y valeroso optimismo; siempre irónica, inteligente y cargada de buenos consejos y una profunda comprensión de las complejidades del corazón”) o Ali Smith (“Trata de cosas que no se adaptan a un perfil alto: la forma breve, la cotidianidad política, la pequeña supervivencia –que es, en realidad, épica–, el potencial lúdico, la esperanza nada sentimental”).

Grace Paley fue una escritora lúcida y mordaz, siempre crítica, que, sin embargo, nos dejó una obra luminosa y esperanzadora: “La idea de que me iré de un mundo que está cada vez peor no me gusta, porque siempre pensé que era mi deber dejar el mundo mejor de lo que lo había encontrado. Si se tiene el hábito de ver cada día como una jornada completa, envejecer es interesante. Todos los días se conoce a una persona nueva, una puesta de sol nueva. Todos los días pasan cosas hermosas”.

Dos oídos, tres golpes de suerte, por Grace Paley

En 1954, o 55, decidí escribir un cuento. Ya había escrito bastantes párrafos bonitos con algunas frases de primer orden en ellos, pero no sabía cómo hacer hablar a los hombres y a las mujeres, ni podía encontrar un hilo narrativo en esos escritos en prosa. Había escrito poemas desde que era niña y era poesía lo que leía con mayor placer.

En 1954 o 55, necesitaba hablar de una manera imaginativa acerca de cómo eran nuestras vidas, las de las mujeres y las de los hombres, por aquel entonces. Algo que solo yo sabía me causaba una verdadera opresión física en el pecho, a la derecha del corazón, quizá. Comenzaba a sufrir la compulsión del narrador: ¡Escucha, tengo que decirte algo! No había sabido cómo hacerlo mediante la poesía. Otros escritores lo han descubierto con naturalidad, fácilmente, pero yo, al parecer, había cantado hasta entonces gracias a la ayuda de un solo oído, el oído conectado con la literatura.

Y entonces tuve mi primer golpe de suerte. Me puse enferma, lo bastante para que los niños se quedaran durante varias semanas en el centro cívico de Greenwich House después del colegio realizando actividades extraescolares hasta la hora de la cena, pero no tanto como para no poder sentarme a la mesa del salón y pasarme allí todo el día escribiendo a mano o a máquina. Empecé a escribir el cuento “Adiós y buena suerte” y, para mi sorpresa, seguí hasta terminarlo. ¡Cuánta prosa! Después vino “El concurso”. Un par de meses más tarde terminé “Mujeres y niñas”. Y, al reflexionar sobre todo eso años después, comprendí que entonces había encontrado mi otro oído. Al escribir los relatos le había permitido de repente que hiciera su trabajo, que recordara la lengua de la calle y de la casa, con sus acentos yiddish y ruso, una lengua que mis primeros personajes conocían bien, la única lengua que yo hablaba. A un escritor le es útil tener dos oídos, uno para la literatura y otro para el hogar, pero cuando envié esos tres cuentos al mundo, al mundo de las publicaciones periódicas, no fueron bien recibidos.

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Yo había leído la ficción de la época, de los años cincuenta, una ficción masculina, ya fuera tradicional, de vanguardia o –más tarde–, Beat. Como muchacho que había sido (en el sentido en el que muchas niñas, al leer Tom Sawyer, sienten que han descubierto la verdadera parte masculina de su yo), muy pronto empecé a preguntarme si no sería que no escribía sobre asuntos serios e importantes. Como mujer adulta, no tenía elección. La vida cotidiana, la vida en la cocina, la vida con los niños, era lo que me había sido dado, era lo mío, y era el comienzo de mi buena suerte, aunque yo aún no lo sabía.

Un día nublado un padre se dejó caer en el mullido sillón de nuestro oscuro apartamento en una planta baja; venía a buscar a sus hijos, que eran amigos de los nuestros. Cuando se marchaban, me miró y me dijo que su exesposa, la madre de los niños, mi amiga Tibby, le había pedido que leyera mis cuentos. Supongo que le dije: “Ya, pero no tienes por qué tomarte la molestia”. Se la tomó, de todas formas. A las dos semanas vino de nuevo a buscar a sus hijos. Esta vez se sentó a la mesa de la cocina (que estaba en la misma habitación que la mesa del salón). Me preguntó si podría escribir otros siete relatos como los tres que había leído. Me dijo que los iba a publicar. Doubleday publicaría el libro. Era Ken McCormick, un editor, y lo que él decía, se hacía. Claro está que vender relatos no era una empresa particularmente esperanzadora. Me sugirió que la próxima vez escribiera una novela. (Lo intenté durante dos años, y fracasé.)

Bueno, eso sí que fue un golpe de suerte, ¿verdad? No lo digo para quitar valor a los relatos. Yo había trabajado a conciencia, los había escrito con toda la verdad y belleza de que era capaz; pero otros también lo hacen, y no van a su casa a ofrecerles un contrato.

Yo he llamado a aquel encuentro y a aquella publicación mis pequeños golpes de suerte. No porque no fueran arrolladores. Cambiaron mi vida, ciertamente. Son pequeños solo por ser tan personales, por el íntimo placer que me proporcionaron. En cuanto a la gran suerte, tiene que ver con los movimientos políticos, la historia que acontece mientras tú estás fregando los platos, las guerras que los hombres planean para sus hijos, para nuestros hijos.

Yo era una mujer que escribía en los primeros momentos en los que pequeñas gotas de resentimiento e ira –angustiado resentimiento y justa ira– se iban acumulando lenta, secretamente, para formar la segunda ola del movimiento feminista. Yo no tenía conciencia de la utilidad de mi presencia, de mi minúscula gota, en aquella acumulación. Otras mujeres, como Ruth Herschberger, que escribió en 1948 La costilla de Adán, o Tillie Olsen, que escribió sus cuentos en los años cuarenta y cincuenta, estaban más concienciadas que yo, y sufrieron más. Esa gran ola rompería con toda su fuerza media generación más tarde, y dejaría a los hombres balbuceantes y angustiados, pero también un poco mejores tras el impresionante remojón.

Todas las mujeres que escribían en aquellos años han tenido que nadar en esa ola feminista. No importa lo que pensaran del movimiento, o que nadaran a contracorriente. El ímpetu del agua, su fragor, su salinidad, las han mantenido a flote.

Desde que escribí Batallas de amor he estado a menudo fuera de casa. Mi trabajo político como pacifista y feminista ha sido grandemente recompensado: he viajado para realizar tareas políticas a Vietnam, durante la guerra, a Suecia, a Rusia, a Centroamérica; he visitado China y Chile y he informado sobre esos encuentros. Por consiguiente, algunas de las personas que trabajan para mí en Enormes cambios en el último minuto y en Más tarde, el mismo día han tenido que compartir conmigo esos viajes. Entre ellas las hay todavía jóvenes, claro está, pues han nacido en los años setenta u ochenta.

Muchas de ellas siguen siendo las compañeras de mi gran suerte. Desde el principio, en los barrios en los que transcurrió mi niñez primero, y luego en aquellos en los que transcurrió la de mis hijos, en manifestaciones en parques infantiles o ante ese parque para adultos que es el Pentágono, en animadas marchas vecinales contra la guerra del Golfo, en duras confrontaciones con nosotros mismos y con otras personas, hemos conservado el interés por la literatura y por lo que ocurre en el mundo, y hemos intervenido activamente en esos dos campos, y ahora envejecemos juntas.

Grace Paley (Nueva York, 1922 – Vermont, 2007) vivió entre dos culturas: la de sus padres, inmigrantes judíos rusos  y la de la gente de la calle, que le proporcionaba el material para sus escritos. Su obra es breve, pero la situó en un destacadísimo lugar entre los escritores estadounidenses. Además de sus tres excepcionales libros de cuentos, Paley es autora de tres libros de poesía, una miscelánea de obras en verso y prosa y una colección de artículos, reportajes y conferencias. Gran parte de su tiempo lo dedicó a la política: durante toda su vida participó en los movimientos feministas y pacifistas. Directora de diversos seminarios y talleres, enseñó en varias universidades. Recibió distinciones como el Premio Vermont a la Excelencia en las Artes de 1993, el Premio de Cuentos REA de 1992 y el Premio Edith Wharton de 1989. En 1989 el gobernador Mario Cuomo la proclamó primera Escritora Oficial del Estado de Nueva York.

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