Damián Ortega

Damián Ortega, uno de nuestros grandes artistas plásticos, presenta Estridentópolis, en Bellas Artes

Un siglo después del nacimiento del estridentismo, Damián Ortega creó su propia Estridentópolis, una ciudad a pequeña escala poblada por torres con cuerpos de rascacielos y cabezas de animales, junto con prendas de trabajadores incorpóreas, collages arrugados y estampados hechos de bolsas de cemento comerciales reutilizadas.

Ciudad de México, 13 de junio (MaremotoM).- Un siglo después del nacimiento del estridentismo, Damián Ortega creó su propia Estridentópolis, una ciudad a pequeña escala poblada por torres con cuerpos de rascacielos y cabezas de animales, junto con prendas de trabajadores incorpóreas, collages arrugados y estampados hechos de bolsas de cemento comerciales reutilizadas.

El libro será presentado el martes 18 de junio, con el autor, acompañado por Lynda Klich, Alejandro Magallanes y Joshua Sánchez, en la sala Manuel Ponce, del Palacio de Bellas Artes, a las 18 horas.

Damián Ortega
Damián Ortega en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Cortesía

Desde el 10 de abril, transcurre la muestra Damián Ortega: Pico y Elote, luego de una exitosa presentación en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Está abierta hasta el 28 de julio en las salas Nacional, Diego Rivera, Internacional y Paul Westheim.

La exposición es una cuidadosa revisión de la obra de uno de los artistas mexicanos contemporáneos con mayor presencia internacional. Está compuesta por más de 80 obras, entre las que se encuentran instalaciones, esculturas, fotografías, películas y tejidos, producidas desde la década de los noventa hasta el presente. A través de ellas, se extiende una mirada irónica sobre las condiciones de producción y consumo de la que somos partícipes.

Visita la muestra Pico y Elote, en el Museo de Bellas Artes

Esta itinerancia, proveniente del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), se estructura en un recorrido no cronológico a través de tres ejes curatoriales: cosechar, ensamblar y colapsar, los cuales favorecen criterios de carácter plástico y conceptual, manteniendo un escepticismo ante la idea de progreso en México.

Hemos rescatado una entrevista que le hiciéramos hace unos años a este importante artista plástico de México, que expone desde hace más de 20 años afuera.

Una casa en San Ángel que Damián Ortega (Ciudad de México, 1967) parece haber reconstruido a sus necesidades y también a su antojo. Es una casa viva, con dos perros de la calle, que no corresponden a ninguna raza pero que sólo se avivan con las señales de amor.

Ahí, en la ciudad, cercano al Metrobús, cuando este hombre de 57 años trata de explicar sus conceptos, corre un viento suave que hace ondear los árboles y las hojas. Él, un artista que a través del ingenio y el humor convierte los objetos en experiencias novedosas y situaciones hipotéticas.

Damián Ortega
Damián Ortega, uno de nuestros más importantes artistas plásticos. Foto: Cortesía

“Ortega se mueve en una escala que va de lo molecular a lo cósmico, su obra aplica los conceptos de la física a las interacciones humanas en donde el caos, los accidentes y la inestabilidad producen un sistema de relaciones en flujo constante. Ortega explora la tensión que habita cada objeto: lo enfoca, reorganiza, escudriña e invierte su lógica para revelarnos un infinito mundo interior. El resultado de esta investigación exhibe la interdependencia de diversos componentes, ya sea dentro de un sistema social o en los engranajes de una máquina compleja”, cuenta la Galería Kurimanzutto.

“Aunque sus proyectos —concebidos a partir de dibujos— se materializan en esculturas, instalaciones, performances, videos y fotografías, para Ortega la obra de arte es siempre una acción: un evento. Sus experimentos existen en un espacio donde lo posible y lo cotidiano convergen para activar una nueva y trascendente forma de mirar a los objetos ordinarios y las interacciones rutinarias”, agrega.

Damián Ortega
Damián Ortega comenzó su carrera como caricaturista político. Foto: Cortesía Kurimanzutto

Damián Ortega comenzó su carrera como caricaturista político. Se unió al “Taller de los viernes”, con Gabriel Orozco de 1987 a 1992. En 2005 recibió el Hugo Boss Prize y en 2007 fue nominado al Preis der Nationalgalerie für junge Kunst.

Entre sus exposiciones individuales más importantes se encuentran: Play Time, White Cube Bermondsey, Londres (2017); El cohete y el abismo, Palacio de Cristal del Retiro, Madrid (2016); Damián Ortega, The Fruitmarket Gallery, Edimburgo, Reino Unido (2016); Casino, Malmö Konsthall, Suecia (2016), Pirelli HangarBicocca, Milán, Italia (2015); O fim da matéria, Museu de Arte Moderna do Rio de Janeiro, Brasil (2015) y Ape Culture, Haus der Kulturen der Welt (HKW), Berlín (2015), entre otras.

Como parte de su trabajo, cabe destacar Alias Editorial, un proyecto nacido en 2006, dedicado a la publicación de textos fundamentales del arte contemporáneo que no se han traducido al español.

Damián Ortega
La exposición es una cuidadosa revisión de la obra de uno de los artistas mexicanos contemporáneos con mayor presencia internacional. Foto: Museo de Bellas Artes / Cortesía

–Preguntarte por tu relación con Abraham Cruz Villegas, alguien que tiene mucho que ver contigo

­–Abraham y yo nos conocimos durante un concierto. A los dos nos gustaba cierta música y a partir de hicimos un cierto vínculo, que coincidió más adelante con un taller de caricatura que hicimos con Rafael “Barajas” El Fisgón. Él nos empezó a dar un curso sobre caricatura política. Nos hicimos allí muy buenos amigos y yo tenía la inquietud de meterme en un taller de arte, descubrí a Gabriel Orozco, lo fui a buscar a su casa en Tlalpan, le propuse hacer un taller de pintura, sobre eso empezamos a reunirnos los viernes e invité a Abraham. Fue todo un proceso para nosotros, incluido para Gabriel, de dejar de ser pintores, de insertar la caricatura dentro del trabajo y un proceso de ir coincidiendo para armar nuestro propio lenguaje y la identidad personal.

­–Junto con Gabriel Kuri ustedes cuatro serían como los cuatro intocables

–No intocables (risas). Fuimos los cuatro, Gabriel era el más grande, era nuestro maestro, había acabado la escuela y era hijo de un artista, un muralista, así que creció en medio de ese contexto. Tenía información formativa y fue un mentor. Nosotros éramos muy jóvenes y estábamos sedientos de todo. Sobre esa base se hizo un diálogo, una comunicación, Gabriel Kuri tenía una banda de rock, Abraham se metió a estudiar Pedagogía en la Universidad y yo había dejado la escuela. Tenía una buena relación con mis padres, mi padre era actor y director de teatro. Estaba también Gerónimo López (Dr.Lakra), que era hijo de Elisa Ramírez, socióloga y poeta y estaba Francisco Toledo, hermano de la artista Laureana Toledo…

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­–¿Por qué dejar la pintura?

–No fue dejarla, sino entender que la pintura también era escultura. La pintura tiene tridimensionalidad, tiene un plano, que está pintado con óleo y está dentro de un marco, que termina en un espacio público, como una galería o un museo. La pared está en un lugar y eso nos llevó a pensar que la pintura era un lenguaje cultural. Cada objeto tiene una realidad física.

–¿Se puede hablar entonces de deconstruir la pintura?

–Yo creo que sí, tenemos que reconsiderar las cosas. Hemos crecido con la pintura como representación y todo era deber. México tiene una cultura histórica en relación con la pintura como el arte. De pronto nos replanteamos eso con deseo, con imaginación, sin tener ningún tipo de compromiso.

Damián Ortega
El “vocho” de Damián Ortega. Foto: Cortesía

–¿Por qué hay artistas como Arturo Rivera que se oponían a ustedes ferozmente?

–No sé si se oponía tanto, no lo he leído. Creo que tiene otra postura, que es la Academia, que es la educación formal, de dibujante y no creo que haya un pleito. Según yo. Uno va entendiendo su propio lenguaje y hace lo que necesita o quiere. No estoy en contra de la pintura. Me gusta o no. No hay una imposición de que uno deba pensar de una sola manera.

–¿Por qué todos los movimientos revolucionarios traen estas disputas?

–No hay uniformidad y eso es por suerte que no la hay. Todo se da a través de generaciones. Uno va aprendiendo una forma, una estructura, a la que se debe suscribir, pero luego va creciendo y explora otras cosas. Se sale de ese canon. La riqueza del arte es la diversidad y cada persona lo interpreta de manera distinta.

–Ustedes generaron una revolución, digo más allá de la relación que hay a nivel personal

–Fue un movimiento lindo y genuino y eso lo hace interesante. No fue una cuestión demasiado estratégica, sino la necesidad de buscar un canal para encontrar una salida. Yo fui a ver la escuela cuando estaba en la Preparatoria y me pareció que no era que yo tuviera que estar ahí. ¿Cómo generar una cosa distinta? Mi padre era desertor de la carrera de Arquitectura y había un teatro por ahí y se hizo actor. Dedicó toda su vida al teatro. Yo sabía que era más en la calle, en la relación con otros artistas, que iba a tener un acercamiento más genuino. La educación me parecía represiva, lo que quería era generar curiosidades para llegar al conocimiento. Mi carrera fue un poco como tirarse al agua y mis padres fueron muy generosos, muy osados también. Confiaron mucho en mí y fueron también severos. Eso nos llevó a que no había una estructura muy clara, sino una tierra fértil y todos nos aventamos a crear un contexto.

­–Todos ustedes se fueron

–Por mucho tiempo hubo aquí mucha vida cultural. Había artistas. Nadie tenía espacio, los museos estaban cerrados, todos se organizaron para crear lugares alternativos y comenzaron a cobrar importancia las galerías. Empezamos entonces a trabajar con la Galería Kurimanzutto. Por un lapso fue muy importante, todos salimos a experimentar, a vender, a conocer, a explorar y todos empezamos a irnos afuera. Yo me fui a Alemania. Fue una fortuna, aunque una tristeza desmembrar un equipo muy natural que se había dado por mucho tiempo.

–Irse afuera para describir México

–Hay algo que es importante y es que nadie se ha puesto la obligación de describir la situación política de nuestro país. Si creer mucho en la forma de hacer, lo que implica el pensamiento mexicano, de cómo hacer las cosas aquí. Eso pasó. Trabajar en Berlín haciendo cosas “a la mexicana”. Abraham con la reconstrucción, por ejemplo. Uno mismo asumir o apropiarse de ir reconociendo ese lenguaje de la identidad.

–También ser artista mexicano

–No como algo nacionalista, sino ser como Nirvana, que se habla del sonido de Seattle, es un poco eso. Acabas teniendo particularidades, eres un sonido, un estilo, no caer en una escuela, en lineamiento formal, sino en la dinámica de cómo vas trabajando. Es un proceso de imaginación.

 Damián Ortega
La muestra de Damián Ortega es una de las más importantes del año. Foto: Cortesía

–Luego vino la fama que condicionó al grupo, a Gabriel Orozco, que todo lo que hace es importante, como pasó con el tema del OXXO…

–Creo que la pieza de Gabriel fue espectacular, de provocación, de ironía, puso a todo el mundo de cabeza. Muchos curiosos y muchos envidiosos. No es fácil provocar a alguien en el arte y es un gran talento que tiene Gabriel Orozco. Siento que vivo una vida muy privada, muy dedicado a mi trabajo, expongo afuera y regreso. Nunca me veo como alguien famoso. Siempre me acabo metiendo en terrenos novedosos, complicados, nunca hay esa capacidad del poderoso que llega y corta la rama.

–¿Qué quieres decir con tu arte?

–No es un manifiesto lo que quiero decir con mi arte, sino demostrar cómo el arte me acompaña a lo largo de mi vida. El arte son las manos con las que te acercas a trabajar el mundo. Sobre eso vas entendiendo y abres un conocimiento. Hay cosas que no hubieran llevado si no es trabajando materiales, una forma de relación con el mundo, esa es la dinámica más honesta. No estoy mandando una forma de vida, sino que el arte me da una forma de aprender.

 

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