Peronismo

Gente de bien, entre peronistas, radicales y Javier Milei

En este país racista y discriminador nos criamos los de familia antiperonista, sin entender porque los mejores amigos de mis padres y la buena gente que uno conocía eran en su mayoría peronista y como una idea política tan maligna y destructiva según mis padres seguía siendo tan popular a pesar de las prohibiciones y de la censura en los medios.

Ciudad de México, 11 de junio (MaremotoM).- De entrada quiero aclarar que mi viejo era un buen tipo, solidario, laburante y con una honestidad a prueba de balas, pero era muy antiperonista. Un gorila en toda su regla, aunque no tenía otra alternativa ya que por 50 años (hasta que se jubiló) trabajó en el Jockey Club, donde empezó en el Vivero del Hipódromo de San Isidro, pasó por las oficinas administrativas en Recoleta y cuando no podía ascender más porque solo tenía tercer año de secundaria, le dieron el guardarropas, donde además del sueldo ganaba unas propinas considerables.

Por eso, para él, la “gente de bien” eran los Martínez de Hoz, los Anchorena, Álvaro Alsogaray y cualquier otro multimillonario que intercambiaba palabras con él y le dejaban una propina. Su mejor amigo era un “huesero” llamado Agustín Grosso, un mago que te acomodaba el esqueleto con una precisión increíble. Un fenómeno, que cada tanto caía en cana por ejercicio ilegal de la medicina, por alguna denuncia, pero que los policías lo dejaban ir rápido en su casa, porque la mayoría habían sido atendidos por él.

Peronismo
Juan Domingo Perón como gobernante. Foto: Cortesía

Este Grosso, a pedido de mi papá, le había enderezado la columna vertebral a José Antonio Martínez de Hoz, por lo que yo en parte en broma le decía “lo tuviste en tus manos y en vez de romperle la columna, se la arreglaste, para que nos siga jodiendo al país”.

Lo cierto que en mi casa se escuchaban todas las frases antiperonistas que te puedas imaginar, como aquella que “los negros hacían asado con el parqué de los pisos de los departamentos que le había regalado Evita” (cosa que es imposible porque el parqué se pega al piso con brea y el asado hubiera sido incomible y con consecuencias médicas).

También se decía que estábamos llenos de vagos que no querían trabajar, cuando la desocupación era de un 2 ó 3 por ciento ó que Juan Domingo Perón se había volteado a varias adolescentes de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y por supuesto que Evita era una prostituta que había enganchado al General y se hacía la dama.

Yo no tenía con que confrontarlo, porque no había vivido esa época y me tocó vivir una donde los gobiernos radicales o seudoradicales como el de Frondizzi, se alternaban con dictaduras militares, mientras en la escuela nos enseñaban la constitución que no se aplicaba.

El tema de los “cabecitas negras” siempre fue una curiosidad para mí y llegué a la conclusión que éramos el país más racista del mundo, porque no teníamos negros en nuestra población y los habíamos inventado para discriminarlos. Eso lo confirmé cuando me tocó ir al Mundial 1982 de España, que compartí gran parte con el famoso periodista cordobés Víctor Brizuela, al que todos llamábamos “Negro” y un día hablando a lo argentino (en voz muy alta) por las calles de Alicante, le dijimos Negro y una señora nos reprendió: “Porque le dicen negro, si el señor es moreno, pero de raza blanca”. Tuvimos que explicarle que era un apodo cariñoso, aunque no aseguro que nos haya creído.

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Javier Milei
La vida es una lotería para la derecha. Foto: Cortesía YouTube

Creo que en el exterior es difícil explicar que los hinchas de Boca se autodenominen “bosteros”, lo de River “Gallinas”, los de Rosario Central “Canallas” ó los de Newell’s “leprosos”. Es que esos apodos ominosos que los hinchas rivales inventaron para insultarlos, fueron dados vueltas por los propios diciendo por ejemplo: “Soy bostero y qué” y de esa forma le quitaron fuerza al insulto.

En este país racista y discriminador nos criamos los de familia antiperonista, sin entender porque los mejores amigos de mis padres y la buena gente que uno conocía eran en su mayoría peronista y como una idea política tan maligna y destructiva según mis padres seguía siendo tan popular a pesar de las prohibiciones y de la censura en los medios.

Perón volvió 18 años después de su prohibición y primero les ganó las elecciones con su apoderado Héctor J. Cámpora y después ante la renuncia por fidelidad de este, ganó con el 60 por ciento de los votos. Era muy tarde, el Perón que había vuelto era un anciano que se autodenominaba  “un león hervíboro” y murió sin poder “pacificar el país”.  Mi viejo dijo esa remanida y mentirosa frase: “Muerto el perro, se acabó la rabia”.

Lo que pasó después es conocido, derrocaron a Isabel y vino una dictadura sangrienta que desapareció 30 mil personas y con Martínez de Hoz (el amigo de mi papá) de ministro de economía impuso el neoliberalismo que destruyó la industria nacional y que tuvo un veranito, pero después vino un cruento invierno.

Malvinas mediante, volvió la democracia y mi papá estaba eufórico con Raúl Alfonsín, al que consideraba “la última esperanza blanca”. Uno de sus días más felices fue cuando su hijo del medio (es decir yo) como presidente del CEPA (Centro de Periodistas Acreditados en AFA) organizó la fiesta del balón de Oro y estuvo con Alfonsín, al que recibió en la puerta del Automóvil Club Argentino.

Para él, su hijo que había estudiado periodismo deportivo, contra su opinión, ya que quería que estudiara para contador, porque como periodista me iba a morir de hambre había llegado a la cumbre y con esa felicidad falleció de un infarto masivo, mientras estaba nadando en el Río Cosquín, un mes después.

Creo que si hoy viviera, hubiera votado a Javier Milei en la segunda vuelta y trataría de explicarme que “son gente de bien”, pero lamentablemente no lo voy a poder comprobar nunca.

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