Henry Kissinger

Henry Kissinger, China y la sombra de la Tercera Guerra Mundial

Henry Kissinger teje un tributo de admiración y auténtico homenaje al país oriental, a cuya larga y rica historia no escatima elogios y reconocimientos a lo largo de sus casi 600 páginas en China.

Ciudad de México, 11 de junio (MaremotoM).- El legado del ex Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, recientemente fallecido a la edad de 100 años, se define por su participación en el genocidio de Vietnam, el derrocamiento del gobierno democrático de Salvador Allende en Chile y la orquestación del Plan Cóndor, que sembró Latinoamérica de dictaduras militares.

El Premio Nobel de la Paz que le fuera concedido en 1973 es una ironía que, de ningún modo, logró limpiar la imagen de quien fuera definido por el escritor Gore Vidal como “el más grande criminal del planeta”.

No obstante, al turbio legado de este “hombre de Estado”, habrá que agregar el impacto de su libro China, aparecido en 2011, en el cual estableció las pautas básicas que debería seguir la diplomacia de Washington en relación con el gigante asiático durante el siglo XXI.

A través de una prosa certera y directa, sin florituras, Kissinger nos entrega el fruto de cuarenta años de dedicación al estudio de la historia milenaria de la China, descubriéndonos la singularidad de su vasta tradición cultural, política y diplomática, que se remonta a fechas anteriores a Cristo, otorgando especial atención a la historia contemporánea y al papel que China juega en el mundo de hoy.

Henry Kissinger
China, en la visión de Kissinger. Foto: Cortesía

Un aspecto notable de esta obra es que, al conocimiento obtenido de las fuentes y documentos históricos, el autor añade fragmentos transcritos de sus propias conversaciones con los máximos dirigentes chinos, como Mao Zedong y Chou Enlai, lo que convierte esta obra en un testimonio en primera persona de valor excepcional.

Nos explica, así, desde dentro, asuntos que, en su día, mantuvieron al mundo en vilo. Reconoce, por ejemplo, la perplejidad y el desasosiego que provocaba Mao Zedong en la intelligentsia americana con sus tan polémicas afirmaciones públicas -que también sacaban de quicio a dirigentes comunistas como el italiano Palmiro Togliatti- sobre la disponibilidad de China para el estallido de una guerra nuclear entre los bloques capitalista y comunista.

Kissinger no comprendía qué pretendía Mao con esa actitud altiva y soberbia, tan desconcertante, en plena Guerra Fría y señala que solo después del estudio en profundidad de la literatura china, asumió que el “Gran Timonel” solo estaba recurriendo a un arriesgado juego táctico perteneciente a la vieja tradición diplomática de su nación, que le permitía convertir la debilidad material en un recurso psicológico.

Se refiere, en concreto, a la llamada “Estratagema de la ciudad vacía”: “Una de las narraciones clásicas de la tradición estratégica china es la de la “Estratagema de las ciudad vacía” de Zhuge Liang, (contenida) en el “Romance de los Tres Reinos”. En él, un alto mando ve acercarse un ejército muy superior al suyo. Dado que la resistencia es garantía de destrucción y que la rendición conlleva pérdida de control en el futuro, el hombre opta por una estratagema: abre las puertas de la ciudad, se instala allí en postura de reposo, tocando un laúd, y deja entrever tras él cómo transcurre la vida normal, sin señal alguna de temor o preocupación. El general del ejército invasor interpreta la muestra de sangre fría como demostración de unas reservas ocultas, detiene su paso y se retira.” Añade Kissinger: “Es probable que la indiferencia de Mao ante la amenaza de la guerra nuclear se debiera a la influencia de esta tradición”.

De este modo, Henry Kissinger teje un tributo de admiración y auténtico homenaje al país oriental, a cuya larga y rica historia no escatima elogios y reconocimientos a lo largo de sus casi 600 páginas.

Sin embargo, tantos años de estudio no tuvieron como acicate un mero interés cultural. El autor no oculta que el auténtico objetivo de conocer en profundidad a China, es ayudar a los Estados Unidos a perfilar una estrategia capaz, sino de impedir, por lo menos de contener o encauzar en beneficio propio su imparable avance. En este sentido, la percepción de Kissinger es categórica. Considera que, en el marco de las leyes de la economía de mercado, no hay manera de detener el vertiginoso proceso de desarrollo de China, que está pulverizando en tiempo récord tanto los índices de crecimiento económico como los registros de innovación científica y tecnológica. A este paso, Pekín estaría destinado a ocupar un lugar preeminente en la hegemonía global, siendo muy probable que, en la primera mitad de este siglo, substituya a Washington como primera potencia mundial.

Llegados a este punto, esta obra adquiere un carácter inquietante. Compara el contexto actual con la situación vivida a principios del siglo XX entre la Gran Bretaña y Alemania que desembocó en la Primera Guerra Mundial: Una potencia global naval que ve amenazada su hegemonía por la irrupción de una potencia industrial continental. Las semejanzas con el presente son para él tan evidentes que se pregunta si la misma historia se repite, alertándonos de la posibilidad real de que estalle la guerra entre Estados Unidos y China. Incluso nos da pistas sobre cuáles pasos darían los actores implicados antes del hipotético choque armado: “China intentaría apartar de sus fronteras a Estados Unidos, limitar el alcance de su poder naval y reducir su peso en el ámbito de la diplomacia internacional. Estados Unidos procuraría organizar a todos los países vecinos de China que pudiera como contrapeso frente al dominio de esta potencia.” 

Constatamos cómo, en los últimos cinco años, ambos países han ejecutado al pie de la letra su parte en este guion descrito por Kissinger. Por parte china, al rearme, a las continuas maniobras militares en el Estrecho de Taiwán y al creciente impacto internacional de la alianza de los BRICS, habría que agregar, por parte americana, la activación de su presencia militar frente a las costas chinas. Así, la polémica visita en 2022 de la secretaria de estado norteamericana Nancy Pelosi a Taiwán, anunciando un incremento multimillonario de la ayuda militar estadounidense y reafirmando el compromiso de defensa mutua en caso de ataque chino, sumada a la revitalización de los acuerdos militares con Japón, Filipinas, Corea del Sur y Australia -país al que, a pesar de las airadas protestas chinas, Estados Unidos suministró en 2023 una flota de submarinos nucleares- perfila en el horizonte inmediato, la perspectiva sombría del enfrentamiento o de una nueva Guerra Fría.

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Y como si todo esto fuera poco, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 y la dantesca situación actual de Medio Oriente, han profundizado aún más la división global y ha disparado la tensión a niveles no vistos en décadas. Los ciudadanos de a pie asistimos atónitos a un espectáculo político y mediático marcado por el aumento galopante del gasto militar y el retorno de una retórica belicista que nos retrotrae a los aciagos días de 1914 ó 1939.

Volviendo al libro de Kissinger, vemos cómo el otrora decidido halcón, desea conjurar la sombra de la guerra haciendo dos cosas: Primero, poniendo de relieve las catastróficas consecuencias que la guerra de 1914 acarreó para todos los participantes, vencedores y vencidos, formulando esta pregunta demoledora: “¿Cuál de los líderes que destacaron en el sistema internacional que llevó a la Primera Guerra Mundial no habría retrocedido caso de haber intuido el aspecto que iba a ofrecer el mundo al acabar la contienda?”. Remarca también cómo, con el tipo de armamento de hoy en día, la tragedia sería exponencialmente mayor.

En segundo lugar, centra sus esfuerzos en refutar el Informe Crowe de 1907, al que responsabiliza del estallido del conflicto. Dicho informe, elaborado por Eyre Crowe, ideólogo del Ministerio de Asuntos Exteriores Británicos, analizaba la estructura política europea y el auge de Alemania, estableciendo como principal conclusión que la guerra entre ambas potencias era inevitable. De este modo, obnubilados por la argumentación de Crowe, el Reino Unido descartó la vía diplomática, potenció su rearme, fortaleció sus alianzas militares con Francia y Rusia, lo que significó que, solo siete años después, estallaba la contienda que arrasaría Europa.

 Henry Kissinger
Henry Kissinger y sus líneas al asesino Pinochet. Foto: Cortesía

No obstante, Kissinger asegura que las conclusiones del Informe Crowe estaban equivocadas, ya que, según él, fueron establecidas a partir de premisas incorrectas y, por lo tanto, la Primera Guerra Mundial se podía haber evitado. Para demostrar su interpretación, Henry Kissinger firma unas páginas brillantes y memorables, haciendo gala de unas dotes extraordinarias para el análisis político e histórico. Remata su alegato abogando a favor de la cooperación y el entendimiento entre los Estados Unidos y la China.

Kissinger parece muy sincero y preocupado cuando cita a Immanuel Kant declarando “que la paz perpetua llegará por fin al mundo de una de estas dos formas: por medio de la idea humana o de unos conflictos y catástrofes de tal magnitud que dejen a la humanidad sin otra alternativa.” Kissinger agrega que “ahora nos encontramos en esta coyuntura.” 

Por nuestra parte, acabamos este artículo recomendando la lectura de esta importante obra y haciendo un llamado a reafirmar un compromiso con la paz que nos permita disipar las sombras que se ciernen sobre nuestro tiempo y reorientar las prioridades de la política y la economía, alejándolas de la militarización y concentrándolas en la cooperación internacional, la lucha contra el cambio climático y el fomento de la cultura y las artes. Quisiéramos creer que aún hay tiempo para enmendar el rumbo.

 

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