Hernán Díaz

La ficción juega un rol muy importante en la constitución de la realidad misma: Hernán Díaz

La cita es en el Café Tacuba del Centro Histórico. La noche anterior me he preparado: tomé algunas frases que yo considero importantes de la novela Fortuna  (Anagrama, 2023), las transcribí a una cartulina y luego las recorté. Es parte del material que voy a emplear para entrevistar al autor Hernán Díaz. Así que al día siguiente llego puntual y ya estamos en la mesa.

Ciudad de México, 18 de junio (MaremotoM).- El libro mejor vendido en España y recomendado por Babelia, el suplemento de cultura de El País, es Fortuna (Anagrama), del argentino residente en Nueva York, Hernán Díaz.

Es un libro que ha recorrido el mercado en español, logrando los máximos elogios y el reflejo, a pesar de que parezca que habla sólo de dinero cuando en realidad cuenta la historia de un magnate, cuya historia vamos conociendo como en un rompecabezas brillante y adictivo.

Dice la sinopsis: En los triunfales años veinte, Benjamin Rask y su esposa Helen dominan Nueva York: él, un magnate financiero que ha amasado una fortuna; ella, la hija de unos excéntricos aristócratas. Pero a medida que la década se acerca a su fin, y sus excesos revelan un lado oscuro, a los Rask empiezan a rodearlos las sospechas…

–¿Esto lo haces con todas tus entrevistas?

–No, nada más contigo.

–Me gusta, sé que me voy a divertir.

Toma una de las frases, la mira, la voltea y la pone sobre la mesa: Porque el dinero es eso, todas las cosas.

–Esta es parte de uno de los monólogos del padre anarquista que le habla a la hija. Y aquí creo que está parafraseando, no me acuerdo de qué libro del Capital, a Marx y habla de que el dinero es una mercancía fantástica y eso es casi literal de Marx, porque puede adquirir las formas de cualquier otra mercancía. Se puede transmutar. Esto relaciona directamente al dinero con la ficción y es algo que a mí me fascina, que el dinero tenga la estructura de la ficción. Es decir, el hecho de que el dinero sea meramente una convención social y que todos confiemos, de aquí el título de la novela en ingles Trust, en las redes institucionales, en el sistema, que permite que ese trozo de papel tenga un poder de compra determinado, pero es un “todos creemos”. Fíjate que todas las crisis económicas que se dan a lo largo de la historia son crisis de confianza: confianza en la moneda, en los bancos. Todo se colapsa, del mismo modo que un cuento, una narrativa también se colapsa cuando dejamos de creer en ella. O cuando decidimos dejar de creer en esa ficción. Eso es lo primero que me dispara esta cita. Y lo segundo es esta idea de abstracción, que es algo que el dinero no es nada, pero es potencialmente todo. Esta disonancia cognitiva me resultó inmensamente fascinante y por eso decidí escribir 400 páginas dedicas a ese tema.

–Dinero, se mueve, come, se reproduce, enferma y puede morir. Fortuna, come, se mueve, se reproduce, enferma y puede morir.

–Ojalá, Óscar, eso es lo que todos esperamos de la literatura: que no sea algo fijo y estático y que sea algo en continuo movimiento, movimientos inesperados. Ese es el sentido cuando uno lee. Cuando los lectores leen. Ese es el movimiento. Esa es la vida de un texto. Creo que la literatura se escribe con otra literatura. Es decir, uno tiene que comer otra literatura para después producir. Es la ilusión de todo autor que todos se coman sus libros y que eso genere cosas nuevas. Y que se enferme es un riesgo inevitable: William Burroughs dijo que el lenguaje es un virus. Y es la conexión entre lenguaje y enfermedad. Creo que hay algo en el lenguaje que se parece al modo en que se reduplica y procrea una enfermedad. En parte el lenguaje es tan maravilloso porque incluye disfunción, incluye el malentendido, incluye la opacidad, incluye el desencuentro, y por eso el lenguaje también se mueve. Si el lenguaje fuera unívoco sería estático, no habría movimiento. Es una enfermedad productiva. Y también implica que tal vez alguien lea Fortuna y el malentendido prevalezca y no funcione. Pero, bueno, creo que es un riesgo que vale la pena tomar. Respecto al tema de la muerte, pues ahí vamos todos…

Hernán Díaz
Fortuna está editada por Anagrama. Foto: Cortesía

–¿Tu literatura también?

–Supongo que sí. Qué vanidad espantosa sería decir que es inmortal. Casi toda la literatura muere de algún modo. Creo que el modo más obvio de muerte literaria es el olvido. El segundo modo de muerte es la institucionalización, que son textos que se leen ahora solo en escuelas, colegios, universidades. Es un poco una muerte, que son lecturas por obligación. Y tal vez podemos ensayar ahora una definición de qué es un clásico: es un texto que sigue vivo de un modo genuino y sincero, que le gente tiene encuentros felices con ese libro.

¿Cuál sería un ejemplo para ti de un clásico?

Es complicado porque muchos de mis clásicos también han sido altamente institucionalizados o sea que se puede dar esa coincidencia. A mí me encanta Moby Dick, que es una de las novelas más importantes, pero la cantidad de tesis doctorales y de cursos graduados que se dan en los Estados Unidos cada año sería imposible de contar. Por ejemplo, ayer hablábamos del catálogo que tiene la editorial Anagrama y hay libros como Lolita y autores como Bukowski, que es irrelevante si a mí me gustan o no, pero que se siguen vendiendo y tal vez esos sean los clásicos.

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Inofensiva la ficción

–Esta esa famosa imagen de Stendhal en Rojo y Negro donde señala que una novela es un espejo que viaja por una carretera. A veces refleja ante tus ojos el azul de los cielos, a veces el lodo de los atolladeros del camino. Y me parece que desde el clasismo griego, desde los últimos dos mil años, hemos pensado en la ficción como algo que imita a la realidad y lo que a mí me interesa es el movimiento opuesto: cuando la ficción, las narrativas, tienen la habilidad de alterar la realidad. Creo que se da muy rara vez con la literatura, pero en términos más generales es parte de nuestra experiencia diaria. Es decir, tú eres la suma de las historias que tú cuentas sobre ti mismo, y también eres las historias que los demás cuentan de ti y eres también el encuentro de las historias de todos, en esencia eres un ser polifónico hecho de muchas historias. ¿No es razonable expandir esto, por ejemplo, al ámbito nacional y pensar que una comunidad, un país, es la suma de ciertas narrativas? Creo que sí, creo que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que ese es el caso, así que la ficción juega un rol muy importante en la constitución de la realidad misma.

–Las historias se ensamblan al libre albedrío del autor, las admira, las entiende, incluso cuando te decepcionan.

–Sí, el libre albedrío es lo que me llama la atención. Es una noción complicada. En parte sí, es mi novela Fortuna y son mis personajes. Hay como un diseño más o menos vago del proyecto en general, pero también es cierto que cuanto más te adentras en un proyecto, por lo menos en el modo en el que yo escribo, más aparece una legalidad interna a ese proyecto que ya no tiene que ver tanto con mi voluntad sino con el sistema que se va armando al interior de la novela misma, a los sistemas causales, a los sistemas referenciales. Las características mismas de los personajes posibilitan, o demandan, mejor dicho, que la historia vaya en determinada dirección y no en otra. Y las cuestiones estilísticas demandan que la novela tome cierta forma y no otra. Es decir, cuanto más páginas se escriben, más se va desvaneciendo el libre albedrío. Y es una sensación que me encanta sentir: que yo ya no tengo totalmente el control, que es el texto mismo el que dictamina las decisiones más importantes. Ahí es cuando sé que las cosas están funcionando en verdad.

–La realidad es una ficción con un presupuesto limitado

–La novela fue escrita durante la presidencia de Donald Trump y lo que sentía en ese momento era que la realidad se había transformado en ese momento en una especie de bien suntuario. Era un bien de lujo. La realidad como una mercancía en venta al mejor postor. Desde luego eso es algo que me perturba. Entonces pensé: si la realidad está constituida a través de relatos, y si tenemos el poder necesario para modificar esos relatos, creo que la experiencia de la realidad misma es algo que también puede ser influenciada por el poder y más específicamente por el dinero.

Foto: Cortesía Anagrama

–¿Cómo era tu realidad mientras tú estabas escribiendo y afuera, en el exterior, estaba Trump gobernando, porque supongo que no estabas a favor de su política?

–No, me parece un mal absoluto. No lo planee así, pero siento que fue el libro perfecto para escribir en ese momento, porque Fortuna también tiene, como se ve en la segunda parte, esta voz tan gritona de ese hombre que lo sabe todo, que no se puede equivocar nunca. Fue un poco mi modo de lidiar con esa voz que me gritaba desde la pantalla todos los días.

–Libros de economía

–Yo tengo un doctorado en literatura comparada o sea que de economía no sabía nada cuando me puse a escribir Fortuna. Y eso me resultó muy interesante. Me gusta escribir sobre cosas de las que no sé, así que tuve que aprender muy rápidamente. Leí básicamente libros de economía de ese periodo, de las décadas de los veinte y de los treinta, como para aprender a hablar de las operaciones y de los instrumentos financieros de ese momento con el vocabulario que se utilizaba. Ese fue un proceso de aprendizaje muy interesante. Creo que una de las lecciones más valiosas fue reconocer cuántos paralelos hay entre la década de 1920 y la década del 2020 en términos de políticas fiscales y monetarias. Y lo que también descubrí es cuál es el lugar de la economía en la ficción, que es casi inexistente, por lo menos en el canon norteamericano, que es el que conozco mejor. Hay muy pocas novelas que hablen del proceso de acumulación del capital. En general las novelas hablan de las excentricidades de los pudientes, pero no tanto del proceso de acumulación de la economía, como que el dinero es realmente un gran tabú.

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