Panteón Sanctorum

La tumba de mis padres

Una especie de narcisismo doliente me impedía pisar el camposanto, ir a la calle San Martín de Porres del panteón Sanctorum, donde está la residencia permanente de sus restos, junto a los de mi abuelo y los de mi hermana Norma. Veinte años después visité su sepulcro con D, mi hijo, y con I, su madre, que me acompañaron solidariamente.

Ciudad de México, 1 de julio (MaremotoM).- Tiene muchos meses que no voy a visitar la tumba de mis padres. Desde que murieron y fuimos a exhumar sus huesos siete años después del accidente al panteón civil de Tláhuac, no visité la tumba durante años.

Una especie de narcisismo doliente me impedía pisar el camposanto, ir a la calle San Martín de Porres del panteón Sanctorum, donde está la residencia permanente de sus restos, junto a los de mi abuelo y los de mi hermana Norma. Veinte años después visité su sepulcro con D, mi hijo, y con I, su madre, que me acompañaron solidariamente.

Cuando llegué y fui quitando la maleza y la hojarasca de años producto de mi abandono, me di cuenta que la lápida había sido desprendida porque había una zanja oscura a lo largo de la base de cemento y la losa que evocaba una puerta del mictlán. Seguí quitando la costra de los años y poco a poco mi cuerpo se fue enfriando mientras la zanja se convertía en un abismo de dolor de donde salían arañas negras a defender su hábitat y las cochinillas huían hacia las profundidades.

La muerte de mis padres

Al barrer la hojarasca mi miedo se convirtió en pánico y, simultáneamente, en una furiosa rabia llena de silencio: había alrededor de ese lodo y hojarasca restos humanos, varios fragmentos de huesos cuya blancura resaltaba en medio de la oscuridad de la tierra húmeda por la lluvia. Sentí que un frío gélido comenzó a quemarme como si estuviera acostado sobre en un bloque de hielo.

Ese frío puso un alarido de horror en mi rostro que I leyó inmediatamente y me tomó de los brazos con una suave compasión que evitó que gritara. Yo no quería que D sintiera el dolor y la furia que estaba experimentando pues todo indicaba que la tumba había sido profanada. Lo mandé por agua y por unas escobas para sacarlo de esa escena llena de horror y de rabia. Cuando D fue por el mandado I me abrazó con fuerza y respiré profundo. Comencé a llorar como un niño pero fue solo unos momentos, no quería que mi hijo viera la escena.

-Cálmate, chatito- me dijo con su hermosa voz de niña ¿Qué vamos a hacer, chato?

-No sé, por lo pronto esconder los huesos de mis padres para que no los vea D.

Metí con la escoba que tenía los restos humanos en la zanja y limpié la escena como pude.

Al principio un sentimiento de venganza me llenó la cabeza de ideas de violencia. Aunque cegado por la ira no recuerdo las palabras de I, pero poco a poco me fueron calmando y entonces me acordé de mis padres, de la generosidad de mi madre, de la locura bohemia de mi padre, del poco apego de ambos a las cosas materiales, de su entrega a la causa comunista…

Una serie de flashazos con imágenes de mi madre y mi padre sonriendo cruzaron con gran velocidad  y una extraña serenidad se apoderó de mí porque yo nunca estoy sereno.

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Cuando regresó D yo estaba inusualmente tranquilo. Esos cinco minutos bastaron para saber con claridad lo que iba a hacer. Les dije a I y a D que me esperaran ahí un poco y fui donde estaba un jacal de uno de los cuidadores del panteón. Al parecer era el encargado de esa zona porque estaba muy cerca de la calle San Martín de Porres. Al llegar al jacal me di cuenta de que era el señor que arreglaba las tumbas.

-Buenas tardes jefe- saludé

-Buenas don

-Mire yo vine después de muchos años a ver la tumba de mis padres y me di cuenta de que la habían saqueado.

-No, cómo cree, eso no pasa aquí don.

-Claro que sí, incluso hay restos de huesos alrededor de la tumba.

El hombre se puso visiblemente nervioso y comenzó a dar una explicación de porqué luego hay huesos humanos fuera de las tumbas

-Es que, pues mire, fíjese que con las lluvias se rompen las capas de cemento y luego…

-Disculpe pero no me interesa lo que me está diciendo. Pero le pido un favor. Quiero  que selle la tumba de mis padres y que meta en ella los pedazos de los huesos que hay ahí.

– Pero yo le aseguro que no son los de sus padres, que nadie ha abierto…

-No le estoy preguntando si son o no los huesos de mis padres. Le estoy pidiendo de favor que meta esos restos que están alrededor en la tumba abierta de mis padres y la selle bien- le dije imperativo pero con mucha calma, sin violencia- Así si son de otro muertito, al menos no están a la deriva y podrán hacer una fiesta todos el día de muertos. El hombre se quedó pensando.

-Ta bueno don, -me dijo mirando al piso.

-¿Cuánto va a ser por la chamba?

– Tardó en contestar y luego me preguntó: -¿Es la tumba que está al lado de la granada de San Martín de Porres?

– Esa misma. -le  contesté

-Pues setecientos pesos -Dijo después de hacer sus cálculos mentales.

Le pagué y me fui con D e I.

En el camino de regreso a la tumba empezó a sonar en mi cabeza una de las tantas canciones que cantaban juntos en las noches de bohemia, en las que mi madre, con su hermoso timbre, improvisaba casi siempre la segunda voz a las coplas de tenor que mi padre cantaba cuando Cleofas Villegas iba a la casa a beber y a tocar la guitarra:

“Sapo de la noche, sapo cancionero

que vives sentado junto a laguna

tenor de los charcos, grotesco trovero

estás embrujado de amor por la luna…”

Llegué con I y, mientras D admiraba el paisaje panteonero y miraba los bichos que ahí viven con sus 10 años de vida, me preguntó amorosa:

-¿Cómo te fue, chatito?

Bien, creo que bien, – contesté y le traté de comunicar que tuve una especie de déja vu donde mi padre hablaba de su muerte y de que quería ser polvo y regresar a la tierra y volver la fuente de la vida y del todo en forma de ceniza:

“Creo que mis padres hubieran sido felices sabiendo que sus restos ayudaron a llevar un plato de comida a una mesa”- le dije a I mientras veía cómo D estaba divertido viendo esa pequeña ciudad de muertos llena de cruces, árboles y toda la fauna de bichos que habitan en ella.

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