Margarita García Robayo

LECTURAS | El afuera, de Margarita García Robayo

Una invitación a construir un mundo habitable más allá de las paredes de nuestra casa. Durante una mudanza, la autora descubre una libreta de apuntes que tuvo en la época en la que nacieron sus dos hijos. Esas notas del pasado se conectan con reflexiones del presente sobre la maternidad y el miedo al mundo exterior.

Ciudad de México, 5 de julio (MaremotoM).- Este libro indaga en la familia de clase media que se construye como una isla –o una cárcel– para protegerse del resto; analiza cómo un conjunto de individuos mezquinos y miedosos, amparados en el instinto de preservar a sus seres queridos, se afianza y habita sus pequeños mundos privados, de espaldas al afuera.

Adelanto de El afuera, de Margarita García Robayo, con autorización de Anagrama

Descubrí este texto escondido entre mis notas, como una garrapata entre los pelos de un animal. Fue en diciembre de 2019, cuando ya llevaba varios años entregada a la crianza de mis hijos, con gran convicción y con gran agonía, según la época. La escritura ya no era lo que era, había mutado en un malestar ambivalente. Algo que te duele cuando lo pinchas con la yema de los dedos, pero no tanto. Te duele en la medida justa como para insistir en tocarte.

Ese diciembre, mientras embalaba cajas para una mudanza que estaba por emprender, descubrí en mi casa vieja una libreta de apuntes cuyas fechas coincidían con el lapso en el que habían nacido mis dos hijos. En total serían unos cinco, casi seis años de estar clavando el ojo en eso que no entendía qué era y que ahora me resultaba tan obvio como un elefante en mi salón vacío. Me dio la sensación de que me había pasado un tiempo importante recabando pruebas para demostrar no-sé-qué-cosa que no alcanzaba a dimensionar. La libreta terminaba en una nota trunca porque, recuerdo bien, fue para la época en que decidí abandonar para siempre el papel y la caligrafía.

Poco después de que naciera mi primer hijo, V., tuve que aprender a escribir distinto. Eso es: rápido, escueto, sin rodeos, con el pulgar derecho –a veces el izquierdo–, con la voz –pero bajito–. Tuve que cultivar una nueva sintaxis. Me especialicé en tomar notas impulsivas que después juntaba en un popurrí del que, en principio, no conseguía sacar nada en limpio. Me recuerdo a las madrugadas, mientras V. dormía, escroleando los apuntes acumulados en el celular, deseosa de encontrar alguna chispa que pudiera darle sentido a todo ese material disperso y copioso. Por favor, por favor, me decía: ¿qué fue lo que vi? ¿Qué fue lo que creí haber visto? ¿Dónde está el patrón?

Cuando sospechaba haber descubierto algo, era humo. Cerraba y abría el mismo archivo con la esperanza de que, en ese lapso de oscuridad se hubiese convencido de revelarme algo. ¡Brillen!, les pedía, muéstrenme algo. Pero no, mis notas eran ranuras selladas.

Para cuando nació mi hija, J., ya me había resignado a que, en adelante, mi escritura sería eso: gorgoteos sin lustre. Tampoco fue que me pesó demasiado, ya antes había resignado otras cosas: viajes, sueño, tiempo productivo, lozanía. Dentro de los muchísimos efectos secundarios que trae la maternidad, hay uno que me cae muy simpático: te baja el copete.

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No resigné las notas, sin embargo. De hecho, las mezclé todavía más y les atribuí funciones diversas: eran mi lista de pendientes, mi memorial de agravios, mi registro de incursiones al afuera. Quise concentrarme en estas últimas.

Vuelvo al comienzo. A veces (¿o siempre?) los comienzos deben forzarse para domar las digresiones. Hay textos (¿como este?) que se zambullen en una larga digresión y que, cada tanto, hay que agarrarlos del brazo, traerlos de vuelta al centro y darles una puntada con hilo grueso pero transparente, para que no se note el esfuerzo.

Margarita García Robayo
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Entonces:

Era el año 2019. Supongamos que era un viernes. Era el último día de clases, estaba por apagarse el año. Mis hijos estarían durante todo el verano en casa y eso me gustaba. A mí mis hijos me caen bien. Los encuentro graciosos, inteligentes, guapísimos. Por supuesto que hay un montón de cosas que no me gustan de ser madre, pero me parecen accesorias, de poco peso. Cuando pienso en lo que no me gusta de ser madre me siento una reina de belleza a la que le preguntan cuál es la parte más fea de su cuerpo y ella dice «los pies» o «de adolescente me avergonzaba de mis pechos» (que, por supuesto, son redondos y firmes). Sé, porque tampoco soy tan despistada, que el hecho de que me gusten mis hijos revela un rasgo de petulancia que no me interesa refutar. No tuve que parir para entender que, por mucho que uno intente elevar su experiencia, la maternidad rara vez se diferencia de la egolatría, ya sea en su costado victimista o en su costado narcisista.

Para ese momento, mi marido, M., se había ido a filmar una película a España por tres meses, de los que ya iban dos y medio. Yo casi siempre estaba con D., una mujer formada y cariñosa que me ayuda a cuidar a mis hijos hace muchos años. Corrijo: D. es cariñosa con los niños, pero displicente con los adultos; impone una distancia física y emocional que yo leo como un acierto y los demás leen como antipatía.

Margarita García Robayo
Yo nací en esa ciudad, Cartagena, súper periférica, siempre recibiendo extranjeros. Foto: Cortesía Facebook

Margarita García Robayo (Cartagena, Colombia, 1980) es autora de las novelas Hasta que pase un huracánLo que no aprendí y Educación sexual, compiladas en El sonido de las olas; de varios libros de cuentos, entre los que se destaca Cosas peores, ganador del Premio Literario Casa de las Américas 2014, y del ensayo Primera persona. En 2018 se publicó en inglés una compilación de cuentos y novelas bajo el título Fish Soup, que formó parte del prestigioso listado «Books of the Year» del diario The Times. En 2020 se publicó la traducción de su novela Tiempo muerto bajo el título Holiday Heart, merecedora del English PEN Award. En Anagrama ha publicado La encomienda y El afuera. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués, italiano, hebreo, turco, islandés, danés, chino, entre otros idiomas. Vive en Buenos Aires

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