Mariana Enriquez

LECTURAS | Metamorfosis, un cuento de Mariana Enriquez, de su próximo libro Un lugar soleado para gente sombría

Mariana Enriquez regresa al cuento con doce historias de horror. Doce relatos sobre el mal que acecha y la presencia de lo monstruoso.

Ciudad de México, 20 de febrero (MaremotoM).- Quien ose adentrarse en las páginas de este libro sentirá un escalofrío recorriéndole la espina dorsal y algunas cosas más. Son doce cuentos de horror, doce relatos sobre el horror: sobre el mal que acecha y los monstruos que surgen de pronto en la realidad más cotidiana, en grandes urbes o pequeños pueblos recónditos.

En uno de los cuentos, una mujer mantiene a raya a los fantasmas que andan sueltos por un barrio periférico de Buenos Aires; entre ellos, los de su madre muerta de una dolorosa enfermedad, los de unas adolescentes asesinadas en la calle, el de un ladrón pillado en pleno robo y el de un chico que huía de un secuestro exprés. En otra historia, una pareja alquila una casa para unas vacaciones en un pueblo que ha ido perdiendo habitantes desde que el tren dejó de pasar; visitan en la estación abandonada la exposición de los perturbadores lienzos de un artista local, pero lo verdaderamente aterrador será conocer al autor de esas pinturas. En otra pieza, los voluntarios de una ONG que reparte comida por barrios marginales son perseguidos por unos niños de pavorosos ojos negros. En otra, una periodista que investiga la historia de una chica desaparecida en un hotel en Los Ángeles, cuyas espeluznantes imágenes recorrieron internet, acaba enfrentándose a otra leyenda de la ciudad…

Después de su monumental y aclamada novela Nuestra parte de noche, Mariana Enriquez vuelve al relato y demuestra que sigue en plena forma como gran continuadora y renovadora del género de terror, al que ha llevado a las más altas cotas literarias. Partiendo de la tradición −desde las novelas góticas hasta Stephen King y Thomas Ligotti−, la escritora explora nuevos caminos, nuevas dimensiones.

Mariana Enriquez
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

METAMORFOSIS

El cuerpo no es un castigo: el castigo es que se hable tanto de él hasta que duele tenerlo.

SONIA BUDASSI,

Animales de compañía

No te lo dicen, no avisan. Me enfurece. La piel se seca, la grasa se acumula en las caderas y las piernas y el vientre, la celulitis se acentúa de un día para el otro, ese pelo muerto que es la cana resulta imposible de domar. No les pasa a todas, por eso es peor aún; deberían advertirte de que vas a estar en la minoría deforme y acalorada y llorona. Porque yo salgo a correr y a caminar y ando por la vida a paso rápido; y en el verano de esta ciudad, que es largo e intenso, miro las piernas de las mujeres de mi edad, cuarenta y muchos, y no todas tienen grasa imantada, de ninguna manera, y no todas se ponen matronas; y está lleno de caderas estrechas y pantalones que caen sueltos y vientres más o menos planos. Y deben comer menos queso y carne que yo, estoy segura, todas anoréxicas no son, o a lo mejor sí, pero yo no puedo dejar de comer porque tengo migrañas y uno de los disparadores de los dolores de cabeza es tener el estómago vacío porque no sé qué ácido gástrico produce ese martillazo que da en el ojo y duele hasta en el cuello. Capaz se lo aguantan, quizá soy débil, en cualquier caso las odio y quiero que mueran. Se lo dije a una amiga y me dijo no odies, todo vuelve, y no la vi más y ya no es mi amiga. El pensamiento positivo es perverso, lo mismo que la buena voluntad.

Mi ginecóloga exuda ambas cosas, las dispersa, aromatiza los ambientes con su sonrisa. Yo la aguanto porque sé lo eficiente que es como profesional, su experiencia en el hospital público y como docente, su carísimo consultorio en el que se aprovecha de su prestigio, lo que me parece bien. Sobre el escritorio de madera vieja para dar idea de solidez, supongo, o de masculinidad (aunque ella es una pelirroja pecosa y delicada, tan femenina que huele a jazmines), tiene una escultura móvil del aparato reproductor femenino, un objeto de intensa psicodelia porque los ovarios se mueven, mejor dicho, giran como en un ábaco, el útero parece flotar y, en una primera impresión, es igual a un escorpión sin cola (y blanco). El útero es lo que ella señala con su dedito pálido y pecoso, y me indica que fizzz, hay que sacarlo. Tengo muchos miomas, me explica. Son tumores benignos pero sangran demasiado y por eso estás siempre anémica. Ya me di dos transfusiones de hierro que me causaron tendinitis. No son transfusiones, me dice ella. Lo que sea, le dije yo. Me inyectaron hierro y encima al lado de gente que se hacía quimioterapia, con lo cual todo mi mareo y dolor en el brazo resultaba cobarde y vergonzoso.

Es una operación de rutina. Los ovarios los tenés bien, así que te los dejamos y tendrás la menopausia cuando llegue. Yo no doy hormonas. Bueno, le dije. Pero ya estoy en menopausia. Premenopausia, me dice, aún sonriendo, si no ya no tendrías la menstruación. OK, pero se entiende lo que digo, ¿no? Estoy seca. Tengo ataques de calor y tengo que volver a casa a cambiarme la ropa porque transpiro como un camello. Los camellos no transpiran, se ríe, y yo la miro con desprecio, pero no mucho, porque ella es quien enarbolará el cuchillo sobre mi vientre. Me sugiere unas cremas. Habla de climaterio, palabra que me suena a flores preservadas en invernadero antes de la muerte. Me recomienda gel y toallitas íntimas y otros dispositivos de mantenimiento, en especial una sustancia para heridas producidas por el resecamiento.

Me alegro de carecer de pareja para que no tenga que tocar este cuerpo chapoteante de cremas. Me asegura que ciertas marcas, las más caras –que puedo pagar, le aclaro, porque estoy mal vestida por hartazgo, no por falta de dinero–, absorben bien y enseguida queda la piel seca nutrida y sin pegoteo. Es mentira, por supuesto y algunas cremas, cuando me masajeo la piel, sueltan asquerosos hilos negros que parecen mugre, pero es solo la falta de absorción. O mi piel renegada que todo lo rechaza.

En esa consulta, además de con las cremas, salgo con fecha de cirugía. Te va a encantar dejar de menstruar, gorjea. Por una vez puede que tenga razón. También me voy con una orden para comprar una faja que deberé usar para no descoserme ni que los órganos queden flotando (sus palabras); recién me avisó sobre su necesidad y existencia en esta última consulta porque, como dije, no te avisan nada. No te dicen que el cuerpo vuelve a cambiar. Estoy tan asombrada como cuando una amiga me contó que, en el parto, el esfuerzo y la cabeza de la criatura le rompieron el coxis. Otra contó, en la misma charla, que había quedado con un problema pelviano que no la dejaba correr.

Pero, por favor, les dije, ¿no los odian a los chicos? No, me contestaron, no tienen la culpa.

Claro que no, pensé. La tienen ustedes por querer ser madres.

Tampoco te avisan, claro, que sacarte el útero duele hasta el llanto y el grito; de rutina, repiten, de rutina, para ustedes de rutina, sádicos insolentes, una no se puede dar vuelta en la cama, pretenden que duerma boca arriba, pido opiáceos aullando. Mi ex vino a «cuidarme», creo que porque aún no firmamos el divorcio y tenemos casa en común y se pretende solidario. Como siempre, cuando yo no paraba de llamar al enfermero porque creía desarmarme por dentro y por fuera, porque sangraba, porque el dolor, porque fiebre, infección y muerte, él me decía «no te das cuenta de que lo estás molestando, tiene otra gente que atender». A ver, le dije entre lágrimas y droga, es su trabajo atender gente. Si está sobrecargado no es mi culpa, sino de la clínica. Tener pacientes que joden es lo normal. Si me vas a seguir corrigiendo como me corregiste toda la vida y te lo aguanté porque me daba pereza dejarte, te vas. No me importa estar sola. Es bárbara la clínica. Se fue fingiendo que la mala era yo y no él por no poder soportar la pataleta de una mujer recién salida de una histerectomía. Me da lástima su novio, que parece una buena persona, tener que aguantar lo puntilloso de su carácter y la necesidad de disciplinar que carga este inútil. Además, cabal muestra de lo poco que le importa el prójimo, me dejó sola, lo que implica mayor trabajo para los enfermeros. Las personas vanidosas como él piensan más bien poco.

Después de una noche en el Averno, por la mañana apareció mi cirujana ginecóloga con sus pecas y ojos como de conjuntivitis, supongo que por falta de sueño, y me enseñó a ponerme la faja. ¡Una lástima que es verano porque la vas a tener un mes o más! Información de la que carecía hasta el momento, otra vez. Me dijo que ya podía comer y deambular, siempre con la faja puesta, me recetó una batería de antibióticos y calmantes, me prohibió hacer esfuerzos por treinta días y me dijo que podía irme en dos jornadas, que en realidad podía irme ya, pero que había un punto que estaba medio raro y que podíamos esperar. Me hizo la curación en el punto medio raro y entonces me dijo:

–El mioma era del tamaño de un melón chico. Era un embarazo casi. No sé cómo no te dolía al rozar o cómo no estabas más hinchada. Incluso se veía más chico en las eco.

(Lo que les gusta abreviar palabras y usar siglas a los médicos no tiene nombre. Eco, quimio, cardio, ACV, traumato, kinesio, BIRADS2, mamo.)

–¿Lo querés ver? –me preguntó.

Claro, dije. Ella enarboló su iPhone y abrió la foto que evidentemente ya tenía preparada.

–Pensé que me lo ibas a sacar en una bolsa transparente con hielo –le dije con una sonrisa, porque reír, pensé, podría contribuir a la descosida, además de que no tenía ganas de ni por qué reírme.

–No, pero ¡está en hielo en pato!

(Pato es por Anatomía Patológica, donde se guardan las muestras de biopsias y demás. No soy experta, pero alguna vez acompañé a amigas a dejar sus lunares y otros tejidos sospechosos.)

–Como es un mioma benigno –siguió–, va a ser de los últimos en analizarse, así que hasta lo podrías visitar en serio –se carcajeó.

Le di una mirada exhaustiva al mioma, porque la pantalla de su teléfono nuevo era lo bastante grande. Era hermoso. Un huevo de carne rosa pálido, irrigado, con una especie de cabeza o manija de tejido en forma de tubo y una cabecita adicional, como si estuviera creciendo. Como un jengibre hormonado. Como una mandrágora gorda. Pasé el dedo por la pantalla y quise saber si lo que me mostraba incluía el útero. No, me dijo, este es el mioma más grande, había otros chicos. Este causaba el sangrado. ¡Pesa dos kilos! Después siguió hablando de miomas gigantes (el mío no calificaba), de algunos casos que le tocaron, y apagó la pantalla del celular, pero yo me quedé pensando en esa masa y su piel lisa, un poco pechuga de pollo con venas rojas, esfera, planta de los dioses en mi vientre.

Ya podés comer, anunció la médica, y se fue con sus tacos bajos elegantes. El mucamo enfermero me trajo una horrenda sopa de zapallo y verduritas y agua porque era fundamental que orinara (de lo contrario, sonda, amenazó). Oriné enseguida; te quieren asustar con poco y, una vez más, con información desconocida. Cómo podía saber yo que una de las complicaciones de la cirugía era una vejiga desplazada. En fin, no pasó.

Mientras le daba vueltas en la boca a la sopa desagradable, con apenas hilillos de calabaza, me puse a pensar. Primero busqué miomas online. No todos eran tan bonitos como el mío. Algunos eran granulados y otros tenían muchas cabezas, más jengibre aún, pero un jengibre feo, digamos como uno de esos animales con globos que hacen los payasos (o que hacían en las fiestas de mi infancia). Globos retorcidos. El mío no: era una delicadeza con sus crecimientos, sí, pero como decoraciones sutiles, como una tetera. Se me ocurrían tantas comparaciones. No, no pensaba que era mi hijo. Un hijo se cuida y es persona. Esto es algo que había creado sin personalidad ni vida, pero me parecía injusto que no me lo pudieran dar. O a lo mejor sí me lo podían dar: una amiga me contó que su madre, cuando le sacaron el útero, pidió verlo en vivo. Cierto, el médico que le sacó el útero era su pariente y ella una excéntrica que lo mantuvo a su lado toda la internación en una heladerita como de hotel. Un minibar. Mi madre tuvo mi cordón umbilical hasta que dijo qué asco y voló por el aire en una de sus periódicas limpiezas y sé de madres intensas que guardan el apéndice de sus hijos. Un mioma no se trasplanta, no sirve para nada, se tira. ¿Por qué no me lo iban a dar? A quién pedirlo. A mi ginecóloga, pensé.

Te puede interesar:  LIBROS DE LUNES | El pasado anda atrás de nosotros, de Juan Pablo Villalobos

La llamé ni bien terminé la gelatina. Atendió: no estaba operando, iba en camino al consultorio. Sin demasiadas vueltas le pedí el mioma. Mi consideración acerca de ella subió algunos puntos: no pidió explicaciones.

–Es tuyo, técnicamente. Los restos patológicos se tiran, se queman. Después de la biopsia, si querés, te lo llevás.

Por la sencillez, algo seca pero no espantada, de su forma de acceder a mi pedido, me di cuenta de que no era la primera vez. Imaginé a muchas bobas pidiendo el útero extraído porque albergó a sus niñitos. Detesto a esas ñoñas, pero ya no puedo sentirme tan diferente.

Entró un mensaje de la gineco (ahora yo también hablo con abreviaturas): «Traete tu propia heladerita con hielo porque no te van a dar. Después lo podés dejar secar».

Cómo cuidarlo, eso no me lo dijo, porque seguro se pudre y debe haber técnicas. Ponerlo en algún líquido quizá, pero es grande, necesito un botellón como de agua para oficinas. Igual no es esa mi idea. En mi cabeza circulaba Virginia.

Le pedí a mi hermana que me trajera una heladerita: me dieron el mioma junto con el alta. Ella me llevó a casa y no preguntó por la heladera; no sé qué pensaba, a lo mejor, que eran medicamentos. Igual no se hubiese espantado porque está loquísima, pero no quiero compartir cosas con ella: las entiende, pero las difunde, es la mujer más bocona que existe, lo desconoce todo sobre el respeto, el secreto y la privacidad.

Así se viste también, anda siempre medio desnuda. Por suerte, tiene un cuerpazo y el calor de la ciudad es una desmesura sahariana.

Como es loca pero atenta, me llenó la heladera –la grande– de comida fácil de manipular y organizó todo para que mi padre se quedara por las noches: es viejo pero útil, no como mi madre, a quien no quiero cerca; mi hermana tiene órdenes de alejarme de su amor pegajoso y egoísta. Que sea todo por videollamada.

Total, lo único que tengo que hacer es permanecer quieta en la cama o el sillón o donde quiera y curar yo misma la herida que, la verdad, no es para nada impresionante. La primera noche di un grito porque, de repente, sentí que todo el vientre perdía sensibilidad y supe, presentí con certeza, que era el inicio de la muerte. Mi padre, que es un exagerado como yo, se acercó a la habitación con su cadera crujiente y me dijo:

–Llamá a la cirujana. Son las tres de la mañana pero es responsabilidad de ella.

Lo hice. No estaba durmiendo. Esta mujer es infatigable.

–Es normal –me dijo–. Pensá que cortamos nervios… La interrumpí, harta de la microinformación.
–Me tendrías que haber dicho. Me asusté.
–Es que no siempre pasa y no queremos sugestionar. –Bueno. ¿Se va?

–Por ahora no.
–¿Dura mucho?
–Puede durar meses o no irse. Pero te vas a acostumbrar. –OK.

Yegua, pensé. Y me pasé el dedo por el ombligo y nada, nada, como si tocara una de las naranjas que estaban en mi mesa de luz.

Mi padre, cuando se enteró de que no era grave, volvió a la cama. Mis indignaciones por falta de información no le molestaban, es hombre y está acostumbrado a la in- decencia verbal de mi hermana y a las descripciones escatológicas de mi madre. Para él ocultar está bien. Estoy de acuerdo, pero relativizo: depende de qué. Tampoco preguntó por la heladerita dentro de la heladera grande: no es su estilo investigar pertenencias ajenas. Además bastante esfuerzo era, a los setenta y siete, cuidar de su hija histerectomizada, aunque él hace yoga y es de esos viejos que están en buen estado. Espero por su bien y el de todos que la muerte lo encuentre en alguna de sus caminatas.

Lo primero que hice después de la noche de pérdida de sensibilidad fue llamar a Virginia. No la veía hace años, pero vivía en el lugar de siempre y seguía siendo la dueña de Piel, su local de tatuajes y de modificaciones corporales, aunque esto es medio secreto porque muchas son consideradas ejercicio ilegal de la medicina, entonces ella te las hace, pero no las anuncia. Y las hace bien, porque nadie se infectó (no de gravedad al menos) ni le hizo un juicio.

Virginia tiene dos cuernos de silicona sobre las cejas, no muy grandes. Hace unos cuttings hermosos o escarificaciones, que dejan dibujos delicados sobre todo en espaldas, donde la piel es gruesa. Hace poco me mandó una foto con su nuevo cuello: totalmente tatuado de negro. En la imagen ella está apoyada sobre un fondo oscuro y parece que su cabeza flota. Es una gran foto. También es hermoso un trabajo que hizo a mujeres con mastectomías que decidieron evitar la prótesis y se tatuaron diseños sobre las cicatrices donde estuvieron los pechos. Sé que está ocupada, pero también sé que pocas como ella respetan las amistades juveniles, las noches intensas de sangre y primeros piercings, las búsquedas de prótesis para nuestras amigas trans y travestis que no querían meterse silicona barata ni aceite de avión en el cuerpo.

La encontré en su estudio, con el inconfundible sonido de su local de tatuajes, medio parecido a un consultorio de dentista con música de fondo (Slipknot, en este caso; ella es clásica). Cuando éramos chicas, ponerse silicona bajo la piel se llamaba body modification o modificación corporal, ahora están con lo de bodyhackers y el transhumanismo. Pero es el mismo procedimiento + tiempo + léxico. Y se pueden hacer cosas increíbles, como implantarse una oreja en el brazo o tatuarse colores en los globos oculares y te queda el ojo rojo o fucsia o turquesa. Debe doler como un nervio tironeado, pero bueno, a veces hay que sufrir para lograr lo deseado.

Le expliqué que quería el mioma de vuelta en el cuerpo. Como es enorme, es muy complicado pensar en un espacio afuera, además de que es potencialmente mortal andar con un órgano antes de que se seque y dejando de lado el riesgo, me parece horrible estéticamente. Pero pensé esto: vos hiciste algunos implantes reptilianos en columna, una bolita de silicona bajo la piel de la espalda sobre cada vértebra. ¿Y si a la bolita le metemos adentro parte del mioma? No lo va a rechazar, es mío.

Virginia me dijo que ella no se atrevía a hacer semejante cirugía y que desconocía los riesgos. Vamos, le contesté. Me lo repitió con seriedad, pero agregó: tengo un amigo que sí se especializa en pedidos complejos. No sé si puede hacer esto. Pero le pregunto. Y después:

–¿Duele mucho la cirugía?
–Ahora estoy muy drogada, pero sí, es nefasta.

–Me dijeron que era sencilla.

–Mienten. No es cuestión de umbral del dolor. –¿Tenés quien te cuide?
–Mi viejo y mi hermana vienen de vez en cuando. –¿Y Robi?
–Me separé, ahora está en pareja con un chico. –Nos tenemos que poner al día.

Entré al departamento limpísimo de Colson, el amigo sudafricano de Virginia, un mastodonte de pelo blanco tatuado de pies a cabeza con un castellano aceptable. Ella me pasó la dirección por mensaje de voz y me pidió que después lo borrase, creo que todos procedimientos de seguridad innecesarios, pero obedecí y, como me dijo, copié la dirección en algo analógico (esto es: mi agenda). Yo le había mentido a mi padre que iba a un control y podía tardar: tomé un taxi, que no deja registrado el viaje, a diferencia de las apps. Colson, después de una charla introductoria larga sobre su carrera y logros y el porqué de la vida en Sudamérica, me pidió el espécimen. Se lo di, aún en excelente estado, a mi juicio, y coincidió. Pensé que iba a hacer la cirugía ese día después de tanto preámbulo y repaso de CV, pero me dijo que tenía que implantar el mioma en las siliconas y ver cómo reaccionaba la fusión. Y recién entonces podría hacerlo sin riesgo. Cerca de la médula, explicó, hay que ser extracuidadoso.

Me pareció confiable y, por supuesto, mejor comunicador que las diversas ginecólogas a cargo de mi preclimaterio y sangrado y útero miomático. Mejor además la tardanza, pensé. Porque con esas protuberancias en la espalda al menos tendría que poder dormir de costado y fletar a mi padre, que es discreto y deja vivir, pero no tanto.

Virginia se ofreció a cuidarme, además de que quería ver el resultado de la modificación.

Es tan hermosa mi nueva columna sobresalida. Por primera vez entiendo lo que significa amar el propio cuerpo. Virginia me sacó muchas fotos y me pidió discreción una vez más acerca de Colson, que trabaja en la clandestinidad, pero debo decir: es muy fino y muy limpio y lo recomiendo. La cirugía fue con anestesia local, como es lógico, porque tener anestesista debe ser para cosas muy extremas y costar un dineral, pero no sentí nada, ni siquiera cuando me decía: «Ahora corto, ahora tiro». (Tiraba para meter la bola adentro. La fusión con la silicona fue normal.) Tuve un poco de hinchazón en la zona, nada más, necesité antiinflamatorios en dosis insignificantes. Ya estaba sobrepasada de antibióticos y vacunada antitetánica, así que no dejé demasiados rastros: no tuve que comprar nada ni darme ninguna inyección extra. Mi espalda, ahora, tiene otro relieve. Tiene algo de dragón. Colson tatuó la piel de colores y parece tornasolada. Una falsa columna de saurio. Algo de camaleón, de lagarto, de serpiente mítica, de sangre fría. No puedo acariciar mi espalda porque no me alcanzan los brazos, pero puedo pasar horas mirándola en el espejo y Virginia puede ayudarme a estirar la mano o tocarla con sus dedos, con delicadeza. Ella la cura, apenas con vaselina y desinfectante. No hay dolor, insisto. Como si siempre hubiese estado ahí. Me siento antigua, de movimientos lentos y precisos. Con mi cuerpo entero y donde debe estar: bajo la piel.

Mariana Enríquez

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) es periodista, subeditora del suplemento Radar del diario Página/12  y docente. Desde su incorporación al catálogo en el año 2016, Anagrama ha publicado las novelas Bajar es lo peor y Nuestra parte de noche (Premio Herralde de Novela y Premio de la Crítica 2019); las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama, Las cosas que perdimos en el fuego, publicada en veinte países y galardonada en 2017 con el Premi Ciutat de Barcelona en la categoría “Literatura en lengua castellana” y Un lugar soleado para gente sombría; el perfil La hermana menor, acerca de la escritora Silvina Ocampo; las crónicas de Alguien camina sobre tu tumba y sus crónicas periodísticas reunidas en El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones (en edición de Leila Guerriero).

Comments are closed.