LECTURAS | Perder el juicio, de Ariana Harwicz

Pensamos que no seríamos capaces de cometer un crimen, hasta que lo hacemos. Los seres humanos piensan que saben de qué son capaces. Creen que no podrían escapar de los policías, que nunca le harían mal a un niño. Yo no podría matar a mis padres; hagan lo que hagan, me dieron la vida. O yo no llegaría jamás hasta la violación. No sería capaz de acelerar al volante en un puente con mis hijos en el auto y caer al vacío. Pero todo eso lo decimos antes; no somos capaces, es cierto, nos resulta impensable el crimen, hasta que pasamos al acto.

Ciudad de México, 6 de junio (MaremotoM).- Perder el juicio (Anagrama) cuenta la historia de un robo, de una apropiación, de un incendio provocado. Esta obra es el viaje de un secuestro donde la vida es vista como el armado de una evasión. Como dice Harwicz, se escribe una novela cuando se está en desacuerdo con el sentido de las palabras, cuando dejar de mentir es imposible.

Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977 y vive en el campo en Francia desde 2007. Su primera novela, Mátate, amor (2012), fue publicada en inglés en 2017 bajo el título Die, My Love.

Finalista del Primer Premio del Libro otorgado por la EIBF en 2017, del Premio República de la Conciencia y el Man Booker International en 2018 y del BTBA en 2020, Mátate, amor ha sido adaptada al teatro y en 2024 será llevada al cine por Martin Scorsese, bajo la dirección de Lynne Ramsay y con Jennifer Lawrence como protagonista.

Su cuarta novela, Degenerado, fue publicada por Anagrama en 2019. Sus obras han sido adaptadas al teatro en varios países de Latinoamérica y Europa. En 2021 publicó Desertar, un libro de conversaciones sobre traducción y deserción de la lengua materna escrito junto con Mikaël Gómez Guthart.

Sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas. En 2022 Anagrama reunió, en un volumen titulado Trilogía de la pasión, sus tres primeras novelas. En 2023 ha publicado El ruido de una época, un ensayo acerca del Mal literario y las extorsiones contemporáneas. Asimismo ha escrito el libreto de la ópera Dementia, que se estrenará en el Teatro Colón de Buenos Aires en la temporada 2025. Su reciente obra es Perder el juicio.

Ariana Harwicz
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Adelanto de Perder el juicio, de Ariana Harwicz, con autorización de Anagrama

Les preguntaron a asesinos seriales qué habían sentido la primera vez, si había sido escalofriante matar. No tanto, la verdad, respondieron. Se ve en las cámaras de seguridad de los restaurantes donde van los asesinos a almorzar justo antes de arrojarse a las vías o justo después de haber matado a un niño y envolverlo debajo de la cama de un hotel. Los mozos coinciden en que tienen apetito, se los ve ligeros y cordiales. El 99 % somos normales, dicen los parricidas, es solo un 1 % la diferencia, solo eso es lo que nos separa de los criminales. Un pequeño antes y después, la nada misma. En esas deformidades que no llevan a ningún lado y solo sacan tiempo pienso mientras masco chicle de fresa. Uno tras otro, mastico, perforo mis dientes, hago globito, son los que les gustan a ellos, sigo comprando paquetes enteros pegados a las cajas de los supermercados. Sin azúcar, como le gustan a J, con fresa líquida encapsulada, como le gusta a E. Me quedo hasta que cierra el Auchan, los finde tengo menos opción y merodeo otros posibles lugares donde cruzarlos. Dos veces los vi en la góndola de los alcoholes, licor a base de vodka, aromáticos a base de rhum, aperitivos, pastis digestivos, proseco, cava, champagne medio seca, él iba llenando el carrito, vinos efervescentes, sidras, coctails, y los chicoslo ayudaban con disciplina, haciendo una cola, el padre le pasaba a uno y al otro. Como en las filas de la guerra, los voluntarios pasan los alimentos de primera necesidad para los soldados, después todo terminará en la pileta instalada bajo tierra que no declararon al fisco. Parece que habrá una gran celebración, seguro con parejas y amigos de la región, con otros chicos de su edad, seguro todos se quedarán a dormir en las camas marineras, en los altillos y los áticos, los adultos tirados con las copas en mano en los dos amplios pisos de la casa. Después, algunos invitados venderán sus viñedos, entrarán en el grandioso círculo descendiente de las deudas con el tesoro público y se tirarán una madrugada del viaducto de Saint-Satur. Camino por los pasillos, ya sé dónde están las cámaras de seguridad, después paso largo rato escondida en el baño de hombres por si alguno corre a hacer pis, la gotita en el calzón. Siempre igual, el pis después de la doble jornada del cole, aunque en general prefieren mear las motos de colección aparcadas fuera por los fanáticos de la comarca. Me voy por la zona de los juguetes, antes podía robarles un robot con pilas, pagar uno y esconder el otro en la remera o adentro del short, eso los hacía reír mucho, cuando sacaba el robot en el auto, estallábamos por la magia. Acá mamá encontró uno más, sorpresa, sale del short, de la bombacha, como el conejo de la galera. Dos veces los crucé después de la sentencia, no puedo asegurar si me saludaron, creo que sí, con la mano uno, con una sonrisa el otro, yo también con la mano y la sonrisa. Me voy por las góndolas de enchufes, alargues y cables eléctricos, todo iba a salirme, ya se puede saber, el deseo total, la alegría histriónica, delirante, dan náuseas. Me voy encorvada a dar una tanda de arcadas en el parking, tandas cada vez más grandes, la boca de pelicano al mango. Ahí los veo salir a los tres con el carrito a tope y abrir el auto nuevo desde lejos, qué marca es, nunca supe nada de marcas, un Audi, un Clio, un descapotable, un camión de combate, lo que sí, es nuevito. Los dos ayudan al papá a poner todo en el baúl, botellas y postres de crema batida empaquetados. Entro de nuevo pero el supermercado cierra. Por favor, por favor, doy saltitos infantiles y bailes latinos frente a la persiana y me dejan entrar corriendo, sudada, una ridícula. Compro salchichas de cerdo ahumado, paquetes de papas fritas de mostaza, vinagre, bacon, congelados, bolsas de arroz tailandés y lo cargo todo en mi buzo canguro, gracias, gracias, son muy amables. Creo que me miran con asco, que no me tocarían ni aunque me regalara en los locales del garage de autos de ocasión. No cuenten conmigo, no voy a regalarme, nunca se puede saber de antemano en lo que alguien puede convertirse.

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En la sentencia mi HLM es demasiado angosta, un pasillo con pocas aberturas para conservar el calor. En la sentencia mi casa está venida a menos, inhabilitada para recibir a los hermanos, solo verlos una vez al mes en un lugar mediatizado, menos que las familias de los terroristas. Un lugar neutro desde el que puedo ver al padre fumar un cigarrito tras otro durante el encuentro. A veces me pierdo en la charla y los juegos que tenemos que hacer por culpa del humo exhalado por el padre. Fff, fff, fff, hace nubes y arma mensajes en el aire, algo me quiere decir con esas volutas, me distrae, lo dije, pero creo que la asistente social presente en la sala lo tomó a mal, anotó algo en el informe y no volví a insistir. Los primeros meses iba vestida de entrecasa, como es mi costumbre, quién tiene ganas de vestirse con algo dorado, con tiras bordadas o un suéter rosa con apliques. Desde que me levantaba esperaba con un café frente a la Loire a que se hicieran las 15h30 y me iba al centro a pie. Espiaba casa por casa a lo largo de la desierta Saint-Satur, la mayoría estaban abandonadas, podía ver el ambiente gótico de esos salones cerrados, asfixiantes, las cúpulas oscuras por los incendios, las largas sillas de madera esparcidas bajo los árboles donde alguna vez habrán bebido hasta desfallecer. A veces, cuando me sobraba tiempo, abría las cadenas o saltaba una reja y me colaba en esos tugurios que fueron lujosos y señoriales hace dos siglos y que hoy sirven a beodos y dependientes, a ganados nocturnos en busca de alguna ración. Cuando por fin el Estado me otorgó una abogada de oficio, ella me miró de arriba abajo y me dijo: madame, hay códigos vestimentarios que hay que respetar si quiere tener una oportunidad de ganar. En casos como el suyo, no puede vestirse con cuero, con animal print, con escotes, con tacones de madera, no la beneficia, ¿me entiende? No la puedo representar si no colabora. Esa misma noche envió un texto que leí sentada en la rotonda de Sancerre donde, como la dieta de un diabético 2, me daba una lista de ropa posible para los días de encuentro. El agua de la fuente corre entre los sucios canales atestados de peces bajo mis pies, anocheció rápido ese día mientras pensaba qué ropa tenía que comprarme en el súper Colruyt o en las ofertas de Gemo, pantalón negro, no tengo, zapatos femeninos o sobrios, no tengo, una blusa de color claro, sin motivos, nunca tuve, ir a la peluquería, no voy. Su imagen podrá jugar a nuestro favor cuando apelemos la decisión de la Justicia, dijo mi abogada. La imagen, el tono de voz, la postura corporal. No se pare tan para adelante, no levante tanto las manos, no hable con la voz ronca, etc. Pero los tiempos son extremadamente lentos en este país, madame, los tiempos van en carreta. Mientras tanto, no usar borcegos, no usar tachas, sacarse las cadenas, incluso las más finitas, corregir el pelo, trabajar la mirada y los gestos. Número 1: no aparentar muy masculina porque se la vería como poco madre, ¿poco o poca?, lo que sea, no use. Número 2: no aparentar ser muy femenina para no dar a entender una inclinación muy pronunciada por el sexo o la obscenidad. Número 3: no se muestre como una lombriz solitaria, se vería como antisocial y, llegado el caso, la podrían acusar de marginal. Manténgase en el medio, vístase y compórtese de manera templada. Cuando vio las fotos de mi casa, lo mismo, demasiado lumpen, parece que viviera en el siglo XIII con paredes en demolición y moho. Me mandó a dar otra impresión para los jueces. Pinte las paredes, desplace los muebles, busque el ángulo de la luz. Eso hice, decorar la casa con jarrones, arrancar flores y cuadritos de paisajes agrícolas comprados en los mercados de pulgas sobre la Loire. Armarles una habitación para los dos, aún sin camas marineras pero con buenos colchones, a los chicos les gusta eso, saltar de un colchón a otro, los paquetes de sus regalos sin abrir sobre la cama sin usar.

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