El pirul

Los pirules de Ramón, mi abuelo

En la ciudad fue chofer de camión, albañil, panadero, pintor de casas, boxeador…, pero, sobre todo un borracho broncudo que se agarraba a madrazos a la menor provocación con quien sea.

Ciudad de México, 19 de junio (MaremotoM).- Mi abuelo Ramón, el padre de mi madre, era, como el mismo diría, un “jijo e la jingá”. Había sido caporal para algunos caciques nayaritas de la zona de Acaponeta, después crió ganado, fracasó y fue peón en una hacienda, luego empezó a pelear unas tierras que se supone que le correspondían por herencia con sus familiares.

Se unió al movimiento agrarista y varias veces llegó en “save” con las balas zumbando y estrellándose en las paredes de adobe de su casa logrando apenas entrar y atrancar rápidamente la puerta, en una época donde los sicarios de los caciques no masacraban a las familias y solo venadeaban a los machos en edad reproductiva, es decir, desde los 12 o 13 años, afuera de su casa.

Era un auténtico cabrón que golpeaba brutalmente a su mujer y sus cinco hijas, pero a la que más golpeaba era a mi madre, que siempre se puso en medio, cubriendo con su cuerpo el cuerpo mulato de mi abuela Tomasa.

Alguna vez me dijo que Dios lo había desgraciado porque le dio “nomás puras rajadas jijo e la jingá”. Tenía la sensibilidad de un carnicero. Acostumbraba a darle sangre de caballo a sus hijas para la anemia y golpearlas porque sí cada que bebía y sus frustraciones se convertían en un par de ojos ensagrentados, mientras lanzaba sobre ellas sendos gritos en cabroñol nayarita. Incluso de anciano mi madre le tenía miedo. Por motivos políticos, un asunto de luchas agraristas, tuvieron que migrar a la Ciudad de México. Era eso o la muerte pues ya habían descabezado al movimiento al cual pertenecía que estaba luchando por tierras para los campesinos pobres.

En la ciudad fue chofer de camión, albañil, panadero, pintor de casas, boxeador…, pero, sobre todo un borracho broncudo que se agarraba a madrazos a la menor provocación con quien sea.

Mi familia materna vivió en la calle Luis Moya muchos años, en el edificio que está justo a un lado del mercado de las Flores, gracias a qué mi tía Edelmira, que era una cantante excepcional de ranchero, mantenía la casa y pagaba la renta que él no podía solventar con sus trabajos eventuales que siempre acababan en madriza.

Yo lo conocí a los 5 años cuando llegó de Guadalajara a vivir con nosotros a Cuautitlán Izcalli. Por alguna extraña razón mi prima Rocío y yo éramos sus consentidos. Nos compraba un litro de “lechi” para nosotros y a nadie más le daba. Supongo que nos quería porque éramos un par de cabrones, porque tanto mi prima como yo, éramos los más traviesos de toda la camada, aunque mi prima siempre me superó en maldad pues sus ideas estaban siempre al borde de lo criminal.

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Hace unos días fui a ver el excelente monólogo de Esteban Castellanos, Los niños perdidos,  basado en el cuento Los pinches chamacos, de Francisco Hinojosa y me acordé de ella y sus torcidos planes. Estábamos con mi abuelo que ya para entonces era un viejo con artritis, que necesitaba hacer algunos ejercicios para poder caminar. Sin embargo, era un gran caminante.

El pirul
Todos los sábados me pedía que lo acompañara a recorrer los páramos de Cuautitlán Izcalli llenos de pirules, nopales y girasoles. Foto: Cortesía

Todos los sábados me pedía que lo acompañara a recorrer los páramos de Cuautitlán Izcalli llenos de pirules, nopales y girasoles. Salíamos desde la mañana y él llevaba su sombrero de paja y yo mi piel joven cubierta de tierra y caminábamos con el sol encima de nuestra cabeza que a veces se escondía milagrosamente en una nube.

Otras veces caminábamos de pirul en pirul para refugiarnos del sol de mayo que él, a pesar de su vejez y su piel blanca cubierta de pecas, disfrutaba añorando la campiña nayarita y suspiraba por su supuesto origen “Cora” y me contaba historias sobre eso.

En esas peripatéticas caminatas aprendí gran parte de la historia familiar y del estado de Nayarit, aprendí a amar a la gente como él, ignorante pero sabia, violenta pero justiciera. Aprendí a amarlo tal y como era, no como debería ser. Tal vez porque jamás me tocó un golpe sino litros de “lechi” que eran la prueba de que, aunque no lo pareciera, tenía sentimientos y algo de bueno había en él.

Caminábamos por horas entre chapulines y hormigas rojas. Llegábamos al lago ” el espejo de los lirios” donde había patos, garzas y golondrinas. Y bajo un pirul comíamos las tortas o la carne con chile que él o mi madre preparaban para las jornadas sabatinas donde mi abuelo recordaba su juventud arriando al ganado por la sabana de Acaponeta. Justo en el atardecer nos deteníamos a cagar debajo de algún pirul. No sé porque siempre elegía esa hora para tirar la piedra pero aún en cunclillas no paraba de hablar y de contar sus historias…

Ayer pasé por la biblioteca México y justo afuera del metro Balderas en la salida del parque Tres Guerras que está a un lado de una de las puertas de la Biblioteca México, hay un viejo pirul, me acerqué al él, lo abracé valiendo madre que la gente pensara que estaba loco, arranqué una hojitas del árbol y las olí y de inmediato un caleidoscopio de imágenes aparecieron en mi mente, entre ellas el rostro de mi abuelo, don Ramón, un auténtico jijo e la jingá.

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