Franco Félix

RESEÑA | Lengua dormida, de Franco Félix

En su novela Lengua dormida (2023), Franco Félix (Hermosillo, 1981) evoca el recuerdo de su madre, Ana María, tras su fallecimiento luego de algunos accidentes y complicaciones de salud derivados de una enfermedad crónico-degenerativa. El autor establece una narración que abarca la conflictiva relación con su familia, la enfermedad, las visitas al hospital, el dolor y la agonía de un ser querido.

Ciudad de México, 30 de marzo (MaremotoM).- Franco Félix alterna capítulos en una estructura temporal no lineal. La sucesión de episodios habla de su madre en distintos momentos. El libro funciona como el reporte de un proceso de duelo, una crónica de investigación de sucesos familiares y también como una autoficción que entrelaza distintas vertientes tanto emocionales como intelectuales.

Ahí se dan cita las teorías de Wittgenstein sobre el sentido del humor, algunas observaciones sobre Samuel Beckett y la ausencia de sentido en el mundo, o bien, toda clase de referencias sobre series, programas de televisión y películas. El autor comprende al mundo desde aristas que parecen disímiles pero que contribuyen a completar una visión abarcadora de su realidad.

Franco Félix
Franco Félix. Edit+o Sexto Piso. Foto: Cortesía

Similar a la novela de Philip Roth Patrimonio. Una historia verdadera (2003) en donde el autor habla de la agonía de su padre luego del deterioro de su salud originado por el cáncer, Félix hace una relación de ese lento proceso de una manera honesta y con dignidad. Sabemos que cada sufrimiento es personal, intransferible. El autor sabe que para lidiar con el dolor emocional puede exorcizarlo a partir de la emoción estética y de una indagación intelectual que dé luz sobre su circunstancia y devele el secreto que cada persona es, para los demás, para sí misma.

Félix utiliza como materia prima la sustancia de su propia vida, una suerte de jirones de recuerdos, de retrospectivas que reproducen una relación conflictiva en donde se combinan presencias y ausencias, discusiones, acercamientos, desencuentros, y en todo momento, la presencia espiritual materna como una constante que no lo abandonará jamás. Con profundo amor y dignidad, pero sin condescendencia, el autor presenta a su madre: describe sus hábitos, su vestimenta, sus gustos, su relación con ella. Al investigar su vida a partir de testimonios de parientes lejanos reconstruye su pasado: una vida plagada de abusos, violencia doméstica, sufrimiento, y sobre todo, el trabajo constante para sacar adelante a su familia. Sin ningún tipo de concesión, el autor habla con honestidad sobre una enfermedad que poco a poco fue minando la salud de su madre, los procesos de cuidado y las constantes visitas al hospital. Se trata de un relato sobre la tenacidad, la supervivencia, el amor y el silencio.

Toda lengua, como conjunto de actos lingüísticos, representa una forma de aprehender la realidad, de reventar sus códigos ocultos para hacer más comprensible nuestra propia relación con eventos externos, con el conflicto que nos generan los otros, y con nuestras problemáticas internas. La lengua hace asimilable la complejidad del mundo. Lengua dormida inicia como un cuento de fantasmas en donde el autor sueña que recibe la visita de su madre que habla una lengua desconocida, un idioma sin tiempo en donde “el pasado, el presente y el futuro se mezclan dentro de una esfera en la que estamos confinados”. Para los muertos, lo que fue, está siendo y lo que será está ocurriendo de manera constante. Los muertos habitan más allá de la linealidad del tiempo y sus mutaciones. Fuera del tiempo, estos desaparecidos:

“Cuando dicen hola, ribera, sueño, lo que sea, lo dicen desde antes del idioma y después del idioma. Sus vocablos preceden al nacimiento de los vocablos y a la extinción de todas las palabras…”

A lo largo de la narración, Franco Félix relatará otros sueños. A partir de estos relatos oníricos, el autor buscará sus ocultas significaciones dentro de su proceso de duelo. Félix concibe su novela como un trabajo de investigación sobre sí mismo. Su obra es un mecanismo de introspección que tiene una función de catarsis. Escribir también es edificar, construir un monumento verbal, reconstruir la memoria para que no termine disuelta en el mar infinito del tiempo. Novelar es recrear, pero también es resarcir, arrebatar esas evocaciones ocultas al tiempo para salvarlas de la destrucción.

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Lengua dormida es una novela que posee ingredientes autobiográficos. Es inevitable, que siendo el autor el sujeto sentimental de cuya pulsión surge la narrativa, hable de sí mismo, y esta relación con su madre y con el lenguaje me recuerda un poco a Elías Canetti. Cuando Elías Canetti hace su autobiografía, decide llamar al primer tomo La lengua absuelta (1977) —la culminación de la misma sería Lengua recuperada. Para Canetti, la relación con el mundo, los límites de su compresión y las demarcaciones de su realidad radican en la lengua aprendida: el búlgaro, que hablaban los locales, la servidumbre, la gente llana —y que más tarde olvidaría, quedándose con la memoria visual de su niñez—; la lengua de su raza, el judeoespañol o español sefardí o ladino; y más tarde, la mudanza a Manchester y la adquisición del inglés; su incursión en el alemán, la lengua que siempre ha anhelado conocer y que le abrirá un horizonte intelectual inédito e insospechado en su vida. Este cúmulo de adquisiciones culturales va a engrosar la cultura literaria de Canetti, dispuesto a conocer el mundo a partir de su lengua y sus relatos. En el caso del autor que nos ocupa, hay una operación de búsqueda y rescate de la lengua, pero desde el silencio, de los supuestos, de las medias verdades, de las omisiones, de los entredichos. El interlineado que forman esos silencios lo conducirá a ciertas pesquisas que habrán de reconstruir la historia de su madre mediante la reconstrucción de su pasado: los secretos y motivaciones de su madre ausente quien durante su vida se impuso una forma de silencio monacal, estoico y espartano sobre algunos detalles de su pasado.

Cuando una relación se rompe —por muerte, por orfandad, por ausencia, por simple desidia— se quedan flotando en un limbo una serie de códigos, un reino perdido hecho de rituales, chistes locales, toda clase de rutinas y palabras que se perderán para siempre. Una lengua perdida con el carácter de lo misterioso y lo inefable. El libro también es la reconstrucción de este lenguaje privado. Lengua dormida es más que una novela, es un mecanismo de resignificación del silencio y una exploración de la gramática de la ausencia. Franco Félix busca entender el silencio de su madre, pero también, encontrar un mecanismo para entender su propio duelo, para asimilar su propio dolor. Entenderlo para significarlo. La obra es un intento de comprender un idioma sentimental que se pierde y que resulta irrecuperable, comprender esa lengua rota, interrumpida, petrificada en la rutina y el estoicismo, pero también, absolverla, recuperarla de sus tránsitos y sus culpas. El autor se propone invocar el reino olvidado, soterrado de una lengua que habrá de despertar para justificarse, para mostrar los secretos de su pasado. Lengua dormida es la obra más intimista y personal de Franco Félix. A su modo, el relato también es una carta de despedida.

Al hablar de un lenguaje perdido, Félix establece una relación intertextual entre el fallecimiento de Ana María y la catástrofe climática que derivó en los incendios de Australia en el estado de Queensland entre los años 2019 y 2020: desastres en la flora y fauna local —tres mil millones de animales muertos, entre ellos, miles de canguros—. Entre estas desapariciones también hay una desaparición cultural, la extinción gradual de la lengua dyirbal. El cadáver de una lengua de quien toma prestados algunos recursos semánticos para nombrar aquello que fue su madre. En la lengua dyirbal lo femenino se agrupa en el mismo campo del fuego y del peligro, una categoría de nombre “balan”. Haciendo una analogía con su madre, en el dyirbal, Ana María, para él, sería “alguien más que mi madre […] una amenaza, un peligro, una bestia feroz en la Ciudad de México”.

Su madre fue una explosión de elementos naturales, la opulencia del fuego que se expande y todo lo quema, los pájaros de esa mitología perdida que también son los espíritus de las mujeres muertas en la tribu. Esa sucesión de imágenes y encadenamientos buscan nombrar una mujer que, para la moral de su época “fue un peligro y fue una llamarada y un ave y sol”.

 

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