RESEÑA LOS LOBOS: El cambio como la posibilidad de volver a ser

Lo que hace interesante a Los lobos es eso, que no enarbola un drama perogrullesco del desconsuelo, al contrario, lo presenta de tal manera que al enfocarse en Max y en Leo, podemos ir descubriendo lo que en ese mundo que les rodea, sucede. Es decir, no es la mirada de un adulto aludiendo a las dificultades geográficas o de desapego, sino más bien desde la soledad de unos niños que deben adaptarse a las nuevas posibilidades en suelo extranjero cuyo único aliciente será conocer Disney

Aquí nos tocó vivir

Cristina Pacheco

A Carmen Galaz

Ciudad de México, 4 de enero (MaremotoM).- Hoy falleció la periodista mexicana Cristina Romo Hernández (1941-2023) —mejor conocida en el mundo cultural como Cristina Pacheco—, víctima de un cáncer fulminante que la alejó de la televisión… y de la vida. Logró afincarse en el mundo periodístico-cultural y ganarse el reconocimiento de la gente por sus entrevistas que iban de lo popular a lo farandulesco; de la baja a la alta cultura.

Solía dar voz a los que no la tenían y dialogar desde la intimidad con personalidades reconocidas del medio artístico-cultural. Lo mismo podía sostener una conversación con un zapatero de la colonia Peralvillo que platicar amenamente con Armando Manzanero o Carlos Fuentes sobre temas variados. Es, quizá, una de las últimas periodistas cuya línea fue trabajar sin alardear a propósito de su talento.

Cristina Pacheco
Conversando con Cristina Pacheco es un punto de encuentro amigable. Foto: Cortesía

Literata de formación, pero inclinada al periodismo desde muy joven, tuvo a bien recorrer la ciudad de México y algunos Estados para hacernos ver lo que ocurría entre sus calles y entre su gente, nuestra gente; todo ello fue producto de su prosa de cronista que supo, primero, mirar, y después, expresar de manera concreta aquello que contemplaba en la cotidianidad de la ciudad. En su programa del Canal 11, Aquí nos tocó vivir, repitió tanto esa frase que se volvió una suerte de mantra para los destinados a un lugar y un oficio determinados, unos prósperos y otros soterrados, pero al fin y al cabo en el camino. Aquí-nos-tocó-vivir-a-ti-a-él-a-ella-a-ellos-a-nosotras-a-ustedes-y-a-mí, para bien o para mal.

Me puse a reflexionar en ello porque acabo de ver Los lobos (2020), de Samuel Kishi Leopo, una película que narra las vicisitudes de Lucía (Martha Reyes Arias) y sus dos hijos: Max (Maximiliano Nájar Márquez) y Leo (Leonardo Nájar Márquez), en Estados Unidos —donde les tocó vivir—, producto de la ruptura amorosa con el padre de éstos; sin embargo, nunca será claro durante la hora y media que dura la cinta, pero tampoco es necesario, pues nos basta con saber que han debido arriesgarse en ese territorio ajeno para probar suerte y recomenzar una vida lejos de la anterior como inmigrantes.

Los datos que se nos ofrecen son pocos, mas no por ello sin sustento, sabemos, por ejemplo, que el padre se fue por un “foco” (eufemismo claro de que se largó) y no volvió; que los niños atesoran una cartera cuyo contendido se reduce a una credencial de él y la miran de vez en cuando a pesar de que “ya ni lo recuerden”; una casetera que les trae la voz del abuelo y a veces cumple la función de recordatorio por si hay que dejar reglas o lecciones que aprender de un idioma nuevo —el inglés— para no olvidar.

Los lobos
Los lobos, de Samuel Kichi. Foto: Cortesía

Lucía, la madre, trae consigo un montón de fantasmas que no logramos presenciar frente a frente, pero sí los descubrimos por sus expresiones desencantadas. Sus hijos serán esos lobos que siguen a su madre cuya decisión de separarse de la manada los ha dejado sin otra alternativa que adaptarse a la nueva forma de vida en un país ajeno.

El periplo inicia en Ciudad Juárez y desemboca en Alburquerque, donde después de varias idas y vueltas lograrán dar con un departamento de mala nota donde les cobran 500 dólares por mes; sin embargo, resulta la mejor opción, por ello se quedan allí, pues las otras posibilidades de vivienda son menos alentadoras. El señor y la señora Chan —sus caseros— no les piden más que el adelanto de la renta y la limpieza del departamento, lo cual será más que suficiente para intentar iniciar una vida de exiliados.

Ahora bien, por supuesto que existe un detonante interior en el personaje de Lucía que vamos conociendo a medida que la película avanza, no obstante, el verdadero conflicto no estiba en haber cruzado la frontera, sino que ella está enteramente sola, de tal manera que no puede darles a sus hijos el cuidado que necesitan, pues la madre no sólo deberá buscar el sustento, sino las energías suficientes para poder adaptarse a un estilo de vida propio de los indocumentados: tendrá que buscarse dos trabajos, el tiempo para prepararles comida a sus hijos y el tiempo para descansar del trajín que todo eso trae consigo.

Lo que hace interesante a Los lobos es eso, que no enarbola un drama perogrullesco del desconsuelo, al contrario, lo presenta de tal manera que al enfocarse en Max y en Leo, podemos ir descubriendo lo que en ese mundo que les rodea, sucede. Es decir, no es la mirada de un adulto aludiendo a las dificultades geográficas o de desapego, sino más bien desde la soledad de unos niños que deben adaptarse a las nuevas posibilidades en suelo extranjero cuyo único aliciente será conocer Disney. ¿Qué hacen un par de niños encerrados en un departamento de 5×5 todo el día? Juegan, miran por la ventana, estudian las lecciones de inglés que les ha dejado su madre como un reto para conocer ese parque de diversiones que les queda a más de 12 horas de distancia de Albuquerque, pintan la pared para jugar a “los lobos”. Con lo anterior, difícilmente podemos dejar de pensar en La ballena, una obra maestra que gira en torno a la obesidad mórbida de un profesor de Literatura y el sufrimiento amoroso por el que atraviesa después de que su pareja ha muerto. Pienso en ella porque lo importante en su desarrollo cinematográfico radica en que es una sola locación, el departamento de Charlie, y toda la historia se desarrolla en torno a las clases que da en línea, el repartidor de pizzas que siempre le deja el pedido a la entrada, su hija colérica, una enfermera que lo cuida, el ladronzuelo que entra en su casa fingiendo llevarle la palabra del Señor y su exmujer. Digo lo anterior porque resulta similar el encierro, con sus salvedades, claro, pero necesario/obligado: el de La Ballena por un impedimento físico y el de Los lobos, por mera seguridad. Sin embargo, Max se revelará contra las reglas de Lucía porque la tacha de “mentirosa” cuando ella se resiste a llevarlos a conocer Disney, así que sale a buscar amigos. De esa manera conocemos también los alrededores del lugar en el que viven y a sus inquilinos, cuya pinta no es de lo más amigable. Lo primero que hace con sus “nuevos amigos” pochos es destruir un montón de chatarra que está en la parte de atrás del lugar. Ese acontecimiento traerá consigo la intromisión de ellos a la frágil guarida de los lobeznos y la pérdida del dinero de Lucía, es Leo quien confiesa lo sucedido, así que la madre loba decide ir en busca del ladrón, mas éste lo niega todo y ella vuelve con las manos vacías.

Te puede interesar:  Con una película de animación arranca el 27 Festival de Cine de Málaga

El entramado se ha ido fabricando tan natural, y con pocos elementos, que resulta suficiente para entender la atmósfera que rodea a los personajes y su relación con los demás aunque sea incidentalmente. Por ejemplo, Lucía sonríe tres veces, la primera de ellas es cuando les dice a sus hijos que por ningún motivo deben salir del departamento y Leo pregunta “¿Y si se está quemando?”, ella evoca una sonrisa y contesta que si se está quemando sí. La segunda es cuando están los tres en el comedor del trabajo de ella y flirtea con un chico sentado en otra de las mesas; la tercera (y más efusiva) es cuando están en el Parque de Diversiones hacia el final de la película en comunión total.

Sabemos que la madre siente aversión por su ex pareja, no porque lo diga, sino por cómo quiere romper la credencial del padre de Max y Leo, pero luego se arrepiente y la vuelve a colocar en su sitio: no se necesitan las palabras, sino los gestos para entender que sufrió: Max se parece a ella, Leo se parece a ella, “los dos se parecen a mí”, dice como intentando evocar el olvido necesario para reconstruir(se).

Asistimos a la soledad de los niños inmigrantes no porque lo observemos en la narrativa de Kishi Leopo o porque ellos lo verbalicen, sino a través de la señora Chan que se acerca a ellos para alimentarlos, alojarlos en su casa cuando se quedan afuera o llevarlos a pedir calaverita el día de “Halloween/Muertos”. Es decir, en los lobeznos no hay frustración por la carencia, es verdad que quieren ir a la escuela o jugar futbol, pero no lo demandan directamente, sino que es de manera colateral, pues en su mira estará Disney, sólo Disney.

El rompimiento con el abuelo es metafórico, pues Leo pisa la cinta que trae su voz, así que ya no habrá modo de tenerlo cerca más que en forma de recuerdo y no a como estaban acostumbrados. Los dibujos que pintan en la pared y que se animan fantásticamente (en la mente de los niños) dotados de súper poderes, serán muestra del mayor de los privilegios del ser humano: imaginar. La falta de muebles en el departamento representará ese vacío en el que se hallan los niños y ni siquiera se dan cuenta, pues no pareciera ser un vacío emocional sino más bien la extensión de la inocencia en la que se encuentran todavía como refractando la realidad de los adultos a la de ellos, los niños, sin juzgar, sólo observantes. Es decir, una serie de elementos básicos serán el bastión para soportar la mirada de una familia mermada que se refugia en suelo extranjero y serán suficientes, pues no se requiere de tanta parafernalia para lograr la belleza: entre más simple, más bello.

No por la sencillez deja de ser desoladora, apabullante y crítica. Porque a partir de que terminamos de verla la primer vez nos surgen un montón de preguntas sobre la infancia y las circunstancias que han llevado a los padres a tomar determinadas decisiones en sus vidas y en las de sus hijos. No considero errado el titulo de la película, aunque lo pareciera, pues en él van inmersas las carencias de una manada que no es, de unos lobos que han dejado de serlo y están consumidos anímicamente. El titulo nos remite a una posibilidad futura, pues si bien es cierto el conflicto gira en torno a unos días en suelo americano donde inicia con semblantes cansados e inexpresivos y finaliza con alegría desbordante, lo no dicho se consagra en lo porvenir, en la crianza de la madre que los hará unos verdaderos lobos pese a las vicisitudes que tuvieron que sortear. Eso está en lo no dicho, en lo no visto que nos regala el cine, y ya se habían percatado —en los años cincuenta— unos jóvenes críticos que deseaban “investigar a fondo el significado de una película, sus resonancias sociológicas, su ubicación dentro de las corrientes estéticas del cine y el sentido que adquiere al referirla a la trayectoria personal de su realizador”, tal como lo señala Jorge Ayala Blanco, pues aquellos críticos “jóvenes descubren que el cine puede ser un arte respetable, de proporciones insospechadas, que expresa inmejorablemente su rebeldía social y su inconformidad estético”[1].

Es decir, el cine expresa (o debe expresar) mucho más allá de lo que en realidad vemos en todos los elementos que se nos van presentando a medida que avanza cualquier cinta, sin contar ese bache de 20 años de películas denominadas de ficheras, pero que en los noventa con el Nuevo cine mexicano vino a reivindicar la mirada de sus realizadores y críticos con Como agua para chocolate, de Alfonso Arau (1992) y a finales del siglo xx cobró mayor fuerza con Sexo, pudor y lágrimas, de Antonio Serrano Argüelles (1999) y Cilantro y perejil, de Rafael Montero (1998); desde entonces el cine —y sus realizadores— ha vuelto a la búsqueda de tener algo qué decir como lo vislumbraron los jóvenes críticos de los años cincuenta.

Recapitulando, Los lobos resulta ser una cinta breve, modesta y bien orquestada en su realización, además de sus actuaciones, en la que se nos muestra la soledad de los peregrinos en búsqueda de morada para pernoctar con lo poco que traen materialmente a cuestas, pero con su enorme carga ideológica-sentimental y cultural. En general, nunca será fácil enfrentarse a los cambios como inmigrantes, pues todo resulta ajeno, hostil, duro, poco cálido; es decir, se rema doblemente contra la corriente aunque hay historias de vida que nos enseñan que nunca es opción bajar los brazos, pues en cualquier circunstancia adversa, tendremos un Max o un Leo repitiendo dentro de nosotros su deseo más vehemente: “I want go to Disney. One ticket please”, hasta conseguir la materialización de eso que queremos o deseamos con vehemencia. Verdad es que para muchos no habrá alternativa y pronunciarán el legado de Pacheco: “Aquí nos tocó vivir”; sin embargo, en los subterfugios, Los lobos nos enseña a saber que siempre habrá alguien que diga “Aquí es donde elegir vivir”, cueste lo que cueste para volver a ser.

[1] Jorge Ayala Blanco, La aventura del cine mexicano, Era, México, 1968. p. 293.

Comments are closed.